HOY

Me levanté recordando a mi papá.
Fue una sensación sorprendente y silenciosa que apareció en mis pensamientos y que llegó así, sin avisar y que quisiera que se quedara conmigo todo el día. Me pregunté qué estaría haciendo un día como hoy, en una mañana común, sin nada extraordinario, soleada pero fría. Y viajo hasta cuando yo tenía diez años. Tal vez estaría siguiendo alguna de sus rutinas, repitiendo gestos que le daban orden al mundo, o quizá bebiendo una taza de café caliente, con un pequeño plato de fruta, mientras leía algún encabezado en el periódico, se habría detenido un momento a observar algo simple, como solía hacer. Fue una sensación inesperada, honda y silenciosa, como un susurro que se abrió paso en mis pensamientos sin pedir permiso. Llegó despacio, pero con la fuerza suficiente como para querer quedarse conmigo todo el día. Entonces me pregunté qué estaría haciendo un día como hoy, en una mañana cualquiera, de esas que no prometen nada y, sin embargo, lo contienen todo. Y sin darme cuenta viajé hasta ese tiempo lejano en el que yo tenía apenas diez años y el mundo todavía cabía en una mirada, en un sorbo de mi chocolate de fresa.
Tal vez estaría entregado a sus rituales cotidianos, repitiendo esos gestos mínimos que le daban orden y sentido al universo. O quizá sostendría entre sus manos una taza de café humeante, dejando que el calor le despertara el alma, mientras se detenía un instante a contemplar algo simple —la luz del sol matinal a través de la ventana de la cocina, el silencio, la vida, o la mirada fija al teléfono mientras esperaba la llamada de su mamá para oír sus "buenos días hijo"— como solo él sabía hacerlo, con esa calma y aplomo que hoy extraño y aún me sostiene.
Pensar en eso me llevó a imaginarlo en los detalles: en la forma de empezar el día, en los silencios, en las pequeñas decisiones que parecen insignificantes pero que construyen una vida. Y entonces entendí que no necesito saber exactamente qué estaría haciendo, porque de alguna manera sigue estando en mí, en mi manera de mirar, de recordar, de hacer preguntas sin respuesta. Hay días como hoy en los que su ausencia pesa, pero también acompaña, recordándome que el amor no se va, solo cambia de lugar, se transforma en memoria, en gesto heredado, en una presencia silenciosa que acompaña incluso en los días más comunes, cuando ya nadie la nombra, pero mi corazón lo recuerda, lo guarda y la reconoce como una hermosa verdad que nunca aprendió a olvidarse.
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