EN ESTOS DÍAS
En estos días santos, cuando el mundo parece bajar la voz y el tiempo camina más despacio, hay una historia silenciosa que late detrás de cada procesión, de cada vela encendida, de cada oración susurrada.
Es la historia de una madre. La historia de María.
Mientras muchos recuerdan el dolor visible, la cruz, el sacrificio, hay un dolor más íntimo, más callado, que casi no se nombra: el de ella, el de la Virgen que, en medio de la multitud y el ruido, vivió su duelo en una soledad profunda. Porque hay tristezas que no se pueden compartir del todo, ni siquiera con quienes aman.
María no solo vio el sufrimiento de su hijo; lo sintió en cada fibra de su ser. Lo llevó en su cuerpo como lo había llevado al inicio, pero ahora era un dolor distinto, desgarrador, imposible de aliviar. Y cuando todo terminó, cuando el silencio cayó después del último suspiro, el mundo siguió... pero para ella, algo se había detenido.
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Hay algo profundamente humano en imaginarla en esos momentos posteriores: sin multitudes, sin palabras, sin milagros visibles. Solo ella, con su memoria, con sus manos vacías, con ese amor inmenso que ya no tenía a quién abrazar. Porque incluso la fe más fuerte no evita el vacío de la ausencia.
Y, sin embargo, permaneció. No huyó del dolor ni lo negó. Lo habitó. Lo sostuvo. Como tantas madres, como tantas personas que han tenido que seguir respirando cuando todo dentro pide detenerse.
Quizá por eso su figura acompaña tanto en estos días. Porque no representa solo la esperanza, sino también la resistencia silenciosa. La capacidad de atravesar la noche más oscura sin perder del todo la luz.
Pensar en María en su soledad no es solo recordar tristeza, sino reconocer esa fuerza invisible que muchas veces pasa desapercibida: la de seguir, la de confiar aun cuando no se entiende, la de amar incluso cuando duele.
En estos días santos, más allá de los rituales, hay una invitación a mirar hacia adentro, a acompañar también nuestras propias ausencias, nuestras propias cruces. Y tal vez, en ese recogimiento, descubrir que no estamos tan solos como creemos. Porque en algún lugar, en ese silencio profundo, una madre también supo sostener el mundo con el corazón roto... y, aun así, no dejar de creer.
CALE AGUNDIS 2026
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