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La danza es un acto de fe

¿Hay que entender la danza contemporánea?

Por Estrella Govea

Agosto 02, 2026 03:00 a.m.

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La danza es un acto de fe
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Resumen

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    Preguntas y respuestas

      Las luces se encienden y el público comienza a abandonar la sala. Mientras algunos comentan una escena o un movimiento que les llamó la atención, otros repiten una frase que parece acompañar con frecuencia a la danza contemporánea: "No entendí".

      La expresión no es nueva y suele aparecer cuando una obra rompe con las narrativas tradicionales, prescinde de una historia lineal o deja abiertas múltiples interpretaciones. Sin embargo, la pregunta que surge no es si la danza contemporánea resulta difícil de comprender, sino si realmente fue concebida para explicarse de una sola manera.

      En el marco del 46 Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López, el director general del encuentro, David Bear, y la bailarina costarricense Estefanía Dondi reflexionan sobre esa percepción, el papel del espectador y la forma en que el cuerpo construye un lenguaje propio que, en ocasiones, comunica desde la emoción antes que desde las palabras.

      ¿DE VERDAD HAY QUE ENTENDER?

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      Durante más de cuatro décadas, el Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López ha reunido en San Luis Potosí a compañías y creadores de distintas partes del mundo. En ese tiempo, las propuestas escénicas han cambiado, los lenguajes coreográficos se han diversificado y los temas que llegan al escenario se han transformado. Lo que permanece es una interrogante que suele repetirse al concluir algunas funciones: ¿qué quiso decir la obra?

      Para David Bear, director del festival, esa pregunta parte de una idea aprendida desde la infancia: creer que toda manifestación artística debe ofrecer una explicación única. "Queremos entender todo. Nos enseñaron que siempre hay una respuesta correcta", comenta.

      Desde su perspectiva, ese hábito condiciona la forma en que muchas personas se acercan a la danza contemporánea. Mientras otras disciplinas suelen apoyarse en la palabra o en una narrativa reconocible, este lenguaje utiliza el cuerpo, el espacio, el ritmo y el movimiento para construir significados que no necesariamente conducen a una sola interpretación.

      "No traten de entender a fuerzas. A lo mejor la obra no les quiere decir algo; a lo mejor les quiere hacer sentir." La afirmación no pretende alejar al espectador. Al contrario. Bear considera que libera a la danza de la obligación de explicarse y también al público de la presión por encontrar una respuesta inmediata.

      En ese sentido, la experiencia deja de depender de descifrar un mensaje oculto y comienza a construirse desde otro lugar: la emoción, la memoria, la sorpresa o incluso la incomodidad.

      La bailarina Estefanía Dondi comparte esa mirada desde el escenario. Para ella, la pregunta más importante no es si el público comprendió exactamente la obra, sino qué ocurrió durante el tiempo que compartieron el mismo espacio.

      "Si alguien sale con una emoción, con una imagen o con una pregunta, entonces ya pasó algo", afirma. Quizá ahí comienza el verdadero diálogo entre la danza contemporánea y el espectador. No en la búsqueda de una respuesta correcta, sino en la posibilidad de que una misma obra despierte experiencias distintas en cada persona que la observa.

      La idea representa uno de los cambios más importantes que introdujo la danza contemporánea desde su surgimiento en el siglo XX. Frente a modelos escénicos centrados en narraciones cerradas, este lenguaje abrió la posibilidad de que el cuerpo construyera metáforas. Esa libertad, sin embargo, ha generado distancia con parte del público. La ausencia de una explicación suele confundirse con falta de sentido, cuando en realidad muchas obras buscan precisamente que el significado nazca del encuentro entre la escena y quien la contempla.

      SENTIR ANTES QUE EXPLICAR

      Estefanía Dondi habla de la danza contemporánea desde el lugar donde todo ocurre: el escenario.

      Después de años de formación y de interpretar obras en distintos contextos, la bailarina ha aprendido que el movimiento no busca reemplazar a las palabras, su función es otra. El cuerpo construye un lenguaje propio, uno que comunica emociones, tensiones y recuerdos.

      Por eso, cuando escucha que alguien sale de una función diciendo que no entendió la obra, no lo interpreta como un fracaso de la danza."Si una persona sale con una emoción, con una sensación o con una pregunta, entonces ya pasó algo", explica.

      Para Dondi, existe la idea de que toda obra debe ofrecer respuestas claras. Sin embargo, la experiencia de la danza contemporánea funciona de otra manera. Una misma pieza puede provocar nostalgia en una persona, incomodidad en otra o incluso entusiasmo en alguien más. Ninguna lectura es incorrecta porque cada espectador llega con una historia distinta.

      "Cada quien completa la obra desde su propia experiencia", comenta.

      La intérprete considera que esa libertad es una de las mayores fortalezas de la danza contemporánea. En lugar de conducir al público hacia una única conclusión, abre un espacio donde cada quien encuentra aquello que necesita o aquello que está dispuesto a mirar.

      Bear coincide con esa idea. Desde su experiencia como director del festival, explica que durante años se intentó enseñar al público que existía una forma correcta de entender una obra. Hoy prefiere plantear otra posibilidad: asistir a una función sin la presión de encontrar una respuesta inmediata. "No pasa nada si no entendemos todo. Lo importante es permitir que la obra nos atraviese", señala.

      La invitación, dice, consiste en cambiar la pregunta. En lugar de salir del teatro pensando "¿qué quiso decir?", quizá valga más preguntarse "¿qué me hizo sentir?".

      EL CUERPO TAMBIÉN HABLA

      Hablar con Dondi también permite entender que la danza contemporánea no comienza cuando se abre el telón. Empieza mucho antes, en el entrenamiento cotidiano, en la escucha del propio cuerpo y en la búsqueda constante de nuevas formas de movimiento."La herramienta con la que trabajamos somos nosotros mismos", explica.

      A diferencia de otras disciplinas donde el instrumento puede guardarse al terminar un ensayo, el cuerpo acompaña al intérprete todo el tiempo. Eso implica conocer sus posibilidades, aceptar sus límites y comprender que también cambia con el paso de los años.

      Lejos de considerar ese proceso como una dificultad, la bailarina afirma que ha encontrado ahí una fuente permanente de aprendizaje. Cada experiencia personal modifica la manera de moverse y, en consecuencia, transforma también la forma de interpretar una obra.

      Por eso rechaza la idea de que el cuerpo sea únicamente un medio para ejecutar pasos o secuencias coreográficas. "El cuerpo no miente", afirma.

      Cada gesto, cada respiración y cada pausa contienen información que el espectador puede percibir incluso sin ser consciente de ello. Ahí radica una de las particularidades de la danza contemporánea: el significado no depende únicamente de una historia, sino de la presencia de quien interpreta.

      Bear observa ese mismo fenómeno, asegura que una función puede conmover por la honestidad de sus intérpretes antes que por la complejidad de su propuesta escénica.

      EL VERDADERO RETO

      Si durante años la danza contemporánea se enfrentó al desafío de formar públicos, hoy el reto parece distinto.

      Bear considera que la mayor dificultad ya no radica en la complejidad de las obras, sino en la manera en que las personas consumen imágenes, historias y experiencias. La velocidad con la que hoy circula la información ha transformado la capacidad de atención y también la forma de acercarse al arte.

      "Vivimos en una época donde todo ocurre muy rápido. Estamos acostumbrados a cambiar de contenido en cuestión de segundos y eso también modifica la manera en que nos sentamos frente a una obra", señala.

      En ese contexto, permanecer una hora en silencio, observar un cuerpo en movimiento y permitir que una escena se desarrolle sin interrupciones representa una experiencia poco habitual.

      Dondi reconoce que esa transformación también alcanza a quienes crean danza. Las nuevas generaciones crecieron rodeadas de pantallas, videos breves y estímulos permanentes, una realidad que obliga a los artistas a preguntarse cómo mantener viva la atención de la y el espectador sin renunciar a la esencia de su lenguaje.

      Lejos de verlo como una amenaza, la bailarina considera que ese escenario representa una oportunidad para recordar que la danza ofrece algo que difícilmente puede encontrarse en una pantalla: la experiencia compartida entre quienes están en escena y quienes ocupan una butaca."La presencia cambia todo", afirma.

      Para ambos, asistir a una función implica aceptar un ritmo distinto. Durante ese tiempo no hay posibilidad de adelantar la escena, cambiar de video o volver atrás. La danza ocurre una sola vez y desaparece en el instante en que termina.

      Quizá por eso la pregunta ya no sea si la danza contemporánea resulta difícil de entender, sino si todavía estamos dispuestos a detenernos el tiempo suficiente para escuchar aquello que un cuerpo intenta decir.

      UN ACTO DE FE

      Después de más de tres décadas dedicadas a la danza, David Bear encuentra una definición que resume tanto su trayectoria como su forma de entender este arte, "La danza es un acto de fe."

      La frase no se refiere únicamente al momento en que el público ocupa una butaca. También habla de quienes deciden dedicar su vida a esta disciplina, aun cuando las carreras artísticas suelen enfrentarse a prejuicios, incertidumbre y cuestionamientos sobre su valor o su futuro profesional.

      Elegir la danza implica confiar en un camino donde los resultados rara vez son inmediatos. Supone años de formación, disciplina y trabajo constante, muchas veces sin las certezas que ofrecen otras profesiones. También exige creer que el arte tiene un lugar en la sociedad y que el cuerpo puede convertirse en una herramienta para dialogar con los demás.

      Ese acto de fe también alcanza al público. Significa aceptar que una obra puede conmover sin ofrecer respuestas inmediatas; comprender que no todas las experiencias artísticas se resuelven con una explicación y reconocer que el movimiento es capaz de comunicar aquello que las palabras, en ocasiones, no consiguen expresar.

      Desde otro lugar, Estefanía Dondi comparte esa convicción. Años de entrenamiento, ensayos y funciones le han enseñado que el cuerpo conserva memorias, emociones y preguntas que aparecen en escena cada vez que una persona decide bailar. Por eso sostiene que ninguna función está completa sin la presencia del público, porque es en ese encuentro donde la obra adquiere nuevos significados.

      Las reflexiones de ambos coinciden en un momento en el que la danza contemporánea continúa ampliando sus posibilidades creativas y dialogando con temas sociales, políticos y personales desde un lenguaje que no depende de las palabras.

      Porque hay obras que no buscan ofrecer certezas, buscan abrir preguntas. Y, como dice David Bear, para entrar en ese territorio hace falta algo más que conocimiento. Hace falta un acto de fe.