CON LA LLUVIA

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Hay en los días con lluvia una especie de misticismo que los poetas gustan de llamar incitador. Quiero pensar que al alma le resulta refrescante provocar a la palabra cuando el viento crece. O es quizá el sabor a miel que de los árboles resbala lo que da pie para que el verso se componga en armonía.
Salen a las calles limpias, sin gentío, sin aromas, sin aquellas distracciones que no permiten al lápiz dar de vueltas en las hojas. Se comportan como insomnes, no hacen caso a los ayeres, solo vuelven la mirada cuando buscan un atajo que resuelva aquella imagen que no logran describir. Se les puede ver tranquilos, como si no hubiera nada que alterara aquel desorden que en el fondo hasta ellos saben que los comerá mañana.
Yo te exhorto, buen poeta, a que labres tus palabras cuando la escasez sea tal que ni el viento esté en tus manos, ni las gotas caigan tibias, o tampoco el sol se asome.
Es en esas ocasiones, cuando todo se haya ausente, que el verso se aferra tanto a no salir y espabilarse, cuando cobra algún sentido sumergirse en tanta brea.
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Fácil es hallar cobijo en los paisajes adornados, en espacios destinados al placer que da el rocío.
Mas intenta hallar templanza en la decadencia impía, en la sala de hospital donde guardo mi esperanza, o en los soles que te calan y te arrancan a pedazos toda piel que no se afianza en una ciudad del norte.
Toda vez que aquello logres y no encuentres queja alguna, será digno del aplauso y vociferaciones mías, mientras tanto no te jactes del romanticismo oscuro que lograste a pluma limpia en un día con fresca lluvia
adonai uresti
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