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Aire tóxico

Por Luis González Lozano

Octubre 17, 2026 03:00 a.m.

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    Preguntas y respuestas

      Una madre abre la ventana antes de mandar a su hijo a la escuela. Un trabajador espera el camión junto a una avenida. Una persona mayor sale a caminar por recomendación médica. Ninguno tendría que preguntarse si cumplir con su rutina implica respirar algo que le hace daño. Sin embargo, esa pregunta debería estar en el centro de nuestras decisiones públicas: ¿qué estamos metiendo a nuestros pulmones mientras la ciudad presume que progresa?

      La columna «El aire de Monterrey», de Camilo E. Ramírez Garza, publicada en El Porvenir, invita a mirar una contradicción que rebasa a esa ciudad: celebrar el desarrollo sin examinar la calidad del aire que lo acompaña. Desde San Luis Potosí conviene leerla como una advertencia. El crecimiento merece evaluarse también por aquello que deja suspendido sobre nuestras casas.

      La Organización Mundial de la Salud advierte que la contaminación del aire exterior se relaciona con enfermedades cardiovasculares y respiratorias, así como con cáncer de pulmón. Detrás de esas palabras hay consultas, medicamentos, ausencias escolares y familias que reorganizan su vida alrededor de una enfermedad. La factura ambiental termina entrando a los hogares, aunque jamás aparezca en el presupuesto de quienes contaminan.

      Por eso me preocupa la facilidad con que aceptamos una idea tramposa del progreso: empleos, inversiones y nuevas construcciones como respuesta suficiente a cualquier cuestionamiento ambiental. Los empleos importan. Precisamente por ello, quienes los ocupan merecen volver a casa con salud. Una economía que traslada sus costos a los pulmones de la población está dejando una parte de su contabilidad fuera del informe.

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      En San Luis Potosí debemos exigir respuestas verificables: ¿qué contaminantes se miden?, ¿en qué lugares?, ¿con qué continuidad?, ¿cuándo se calibran los equipos?, ¿qué ocurre cuando una estación deja de reportar? Y después viene la pregunta decisiva: ¿qué hacen las autoridades con esa información? Un tablero sin datos suficientes puede tranquilizar una oficina; difícilmente protege a una familia.

      El monitoreo necesita continuidad, cobertura y datos comprensibles. La información debe permitir que una escuela decida sobre sus actividades al aire libre y que una persona conozca los riesgos de su entorno. También debe servir para identificar fuentes contaminantes, orientar inspecciones y evaluar si las medidas adoptadas funcionan. Medir adquiere sentido cuando ayuda a prevenir y corregir.

      Aquí hay una responsabilidad que no puede diluirse entre ventanillas. Las autoridades ambientales, sanitarias y municipales deben explicar, dentro de sus atribuciones, qué están haciendo y con qué resultados. Las empresas deben responder por sus emisiones. La ciudadanía puede modificar hábitos y exigir cuentas, pero sería profundamente injusto cargarle la solución mientras se dejan intactas las decisiones de mayor impacto.

      Tampoco basta celebrar árboles plantados sin preguntar cuántos sobreviven, anunciar obras sin discutir sus efectos o presentar la recaudación ambiental como prueba automática de una mejora. Cada acción necesita resultados comprobables. ¿Disminuyeron las emisiones? ¿Se redujo la exposición? ¿Se atendieron las zonas de mayor riesgo? La política ambiental debe admitir estas preguntas sin tratar a quien las formula como enemigo del desarrollo.

      El aire compartido, además, revela nuestras desigualdades. Hay quienes pueden elegir dónde vivir y quienes habitan donde les alcanza; quienes trabajan bajo techo y quienes pasan la jornada en la calle. Pedirle a todo el mundo que simplemente evite exponerse desconoce esas diferencias. Proteger la salud exige mirar primero a quienes tienen menos posibilidades de protegerse por su cuenta.

      Defiendo una ciudad que pueda crecer sin acostumbrarnos al daño. Eso requiere decisiones incómodas: revisar permisos, exigir controles, mejorar el transporte, proteger la vegetación y corregir una expansión urbana que multiplica traslados. También requiere algo menos vistoso que una inauguración: instituciones capaces de sostener ese trabajo cuando las cámaras ya se fueron.

      Respirar ocurre ahora. Cada jornada de información incompleta o de medidas aplazadas transcurre en la vida real de alguien. El derecho a un medio ambiente sano debe sentirse en la calle, en el patio escolar y en la ventana que abrimos por la mañana. La prosperidad de San Luis Potosí también debe medirse por la posibilidad de respirar sin que la salud sea el costo oculto del crecimiento.

      Delírium trémens.—  Propongo un indicador para los informes de gobierno: cuántas promesas ambientales sobrevivieron a la fotografía. Porque entre sembrar un árbol y sostener un bosque hay una distancia que ningún equipo de publicidad puede regar. Ojalá algún día el entusiasmo por inaugurar se parezca al compromiso de cuidar.

      @luisglozano