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El oficio de contar quiénes somos

Por Yolanda Camacho Zapata

Septiembre 22, 2026 03:00 a.m.

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      Confieso que a veces me da un poco de coraje ver cómo en la academia nos encanta complicar las cosas. Pareciera que entre más rebuscada y seca sea una frase, más «seria» o «científica» se considera una investigación. Nos da miedo hablar claro, como si usar palabras que cualquiera de nosotros usa en la sobremesa le quitara peso o rigor al trabajo.

      Pero la verdad es otra: escribir sobre política, historia o sobre nuestra gente no tiene por qué sentirse como leer un manual de instrucciones a las tres de la tarde y sin comer. Escribir ciencias sociales es, en el fondo, un oficio de paciencia, de sentarse horas con el café al lado a desatar nudos y encontrar la manera justa de nombrar lo que nos pasa todos los días.

      Ya lo decía sin rodeos el sociólogo C. Wright Mills en su clásico La imaginación sociológica: «Estar metido en los problemas de la estructura social no excusa a nadie de escribir con claridad. Gran parte de ese lenguaje oscuro no es más que una sintaxis torpe para esconder la falta de ideas». Mills daba en el clavo: complicar el lenguaje no es señal de sabiduría; muchas veces es sólo el escudo de quien no tiene muy claro qué quiere decir.

      Y es que no nos engañemos: uno no se sienta al teclado teniendo todo perfectamente resuelto en la cabeza. Otro sociólogo entrañable, Howard S. Becker, lo explicó a la perfección en Manual de escritura para científicos sociales: «Escribir no es simplemente una manera de reportar ideas ya listas; es el medio a través del cual descubrimos lo que realmente pensamos». ¿A poco no pasa igual en una buena plática con un café enfrente? Uno va desenredando las ideas conforme las pone en palabras. En la investigación pasa lo mismo: tachando, borrando y volviendo a redactar es como de verdad se entiende el rompecabezas de una comunidad o de la política.

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      Por eso creo que a los que nos dedicamos a esto nos haría muy bien voltear más seguido a la literatura. No para adornar el texto con palabras rimbombantes, sino para aprender a mirar con más agudeza. Decía Marcel Proust en El tiempo recobrado que «el estilo para el escritor, lo mismo que el color para el pintor, no es un problema de técnica, sino de visión». No se trata de qué tan bonito adorno le pones al dato duro, sino de con qué ojos y desde qué rincón estás mirando la realidad para ayudar a otros a verla con la misma claridad.

      Al final del día, investigar y escribir es un ejercicio de humildad y de paciencia. Me acuerdo mucho de ese cuento brevísimo de Jorge Luis Borges en El hacedor, donde habla de un hombre que se pasa la vida dibujando provincias, reinos, montañas y rostros, y al final descubre que ese laberinto de líneas termina dibujando su propia cara. Cuando nos metemos a los archivos o platicamos con la gente para entender el pasado y el presente, también nos estamos retratando a nosotros mismos y a nuestra tierra.

      Escribir ciencias sociales no debería ser un diálogo de espaldas al mundo entre cuatro paredes universitarias. Debería ser, ante todo, una invitación abierta a la plática, a entender de dónde venimos y cómo podemos mirarnos sin tantos rodeos ni palabras de humo. Es, al final, el ejercer el oficio de contar quienes somos. 

      Envío: a mis queridos Josefina, Armando, Moisés e Isabel, que escriben para que uno los lea.