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El poeta y sus versos

Por Catón

Junio 30, 2026 03:00 a.m.

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      Este día iré por un camino por el que rara vez camino: el de la poesía. Audacia grande es ésa, pues el buen Dios, en su infinita misericordia, me libró de la desgracia de ser poeta. Los poetas sufren profesionalmente, y yo sufro sólo como aficionado. No obstante eso, de vez en cuando evoco antiguas tentaciones, y me da por hablar de tan florido y espinoso tema. En mi opinión, la poesía es ante todo forma. El fondo cuadra con los manifiestos políticos, las actas notariales y los alegatos jurídicos, en los cuales importa lo que se dice, no la manera en que se dice. En poesía importa menos lo que se dice que la forma en que se dice. Uno de mis poetas preferidos es Góngora, tan gongorino que es capaz de dar sentido poético a las cosas y seres más prosaicos. Escribió, por ejemplo: ". aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol, nuncio canoro / que, de coral barbado, no de oro / ciñe, sino de púrpura turbante.". El tal lascivo esposo es el gallo del corral, y las aves aludidas son las gallinas. Las "Odas elementales", de Neruda, ilustran igualmente el predominio de la forma sobre el fondo. El poeta dedica versos preciosistas a objetos de todos los días: el gato, el perro, la cebolla y hasta los calcetines, suaves como liebres. Siento admiración por Neruda, pero por López Velarde siente veneración. Poeta de forma, de formas, hizo reiteraciones rutilantes: "las golondrinas nuevas, / renovando con sus noveles picos alfareros / los nidos tempraneros";  "el llanto de recientes recentales por la ubérrima ubre prohibida";  "un cubo de cuero / goteando su gota categórica". Forma. Pura forma. Forma. Forma pura. ¿Y para decir todo esto he puesto a un lado mis temas habituales? Regreso entonces a la política y las cosas peores, y digo que dos bandos de intelectuales disputan con poca dosis de intelecto en torno de la casa donde vivió el poeta jerezano en la Ciudad de México. A modo de comentario de eso cito otra brillante reiteración del bardo: "Asistiré con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura". Y mejor cambio de tema, porque el mundo de la poesía, aunque es ancho, me es ajeno... El señor Dorelo, de madura edad, se preciaba de ser hábil dibujante, a más de fiel aficionado a la ópera. Así, dibujó a la tinta china a Rigoletto, el atormentado personaje de Verdi. Una tarde fue invitado a merendar en la casa de la señorita Himenia, quien le ofreció un piscolabis de piononos con una copita de rompope. Don Dorelo llevaba consigo su dibujo, y le dijo a su anfitriona: "Amiga mía: ¿me permite que le enseñe mi Rigoletto?". Respondió, turbada, la señorita Himenia: "Groserías no"... El joven Meregildo, mancebo con poca ciencia de la vida, sufría de insomnio, nerviosidad y frecuentes alteraciones del carácter. Fue a la consulta del doctor Nado, pero el facultativo no estaba. Su enfermera, mujer de buenas prendas físicas -de las morales no hacía ostentación-, le preguntó por qué deseaba consultar al médico. Meregildo le describió sus síntomas. "Ven conmigo" -le dijo ella. Y así diciendo le administró sobre la mesa de exámenes un deleitoso tratamiento. "Son mil 500 pesos" -le indicó al término del trance. Con gusto pagó el muchacho la tarifa, y más porque aquella grata medicina le sedó de inmediato el nerviosismo y luego le permitió recuperar el sueño. Pasados unos días -no muchos- el complacido paciente regresó al consultorio. Esa vez sí estaba allí el doctor, que tras enterarse de los síntomas del muchacho le extendió una receta y le dijo: "Son mil pesos". Replicó Meregildo: "Si no tiene usted inconveniente, doctor, preferiría el tratamiento de mil 500". FIN.