IA y democracia
Resumen
Destacados
Preguntas y respuestas
El debate sobre las implicaciones de la Inteligencia Artificial, en distintos ámbitos de las relaciones sociales, es cada vez más necesario para entender las consecuencias del grado de intervención estatal para pretender su regulación. Desde los temas localizados en intereses políticos para limitar el ejercicio de ciertos derechos hasta el complejo problema de resolver si se trata de un objeto que deviene "sujeto" por el riesgo de volverse incontrolable, como recuerda Pablo Gómez de una película de 1970, titulada "Colossus: el proyecto Forbin", en la que una supercomputadora "que controla la capacidad bélica nuclear de Estados Unidos se une a la de la Unión Soviética para conformar un solo poder en todo el planeta" (en "La Jornada", 26 de julio de 2026). Y, pues resulta que, en días recientes, ocurrió un incidente entre dos empresas estadounidenses que desarrollan inteligencia artificial, "Hugging Face" y "Open AI", cuando la primera detectó una intrusión en su sistema de producción y se creía que se trataba de una vulneración proveniente (como siempre en el imaginario gringo) de algún país de oriente, pero no, se trataba de otra empresa gringa a la que su modelo operativo de IA resolvió atender un problema considerando que en el sistema operativo de la otra empresa estaba la solución.
Pero como la ficción luego anda superando a la realidad, pues allí tienen que la empresa "Hugging Face" reveló que tuvo que recurrir a un modelo de IA chino para detener el "hackeo" realizado por "Open AI", toda vez que las empresas estadounidenses del ramo enfrentan restricciones para no usar modelos que consideran "piratas" pero que, como en el caso de la empresa china "Zhipu AI", operan con otro sistema de código abierto. En el fondo, está el tema de la competencia, entre este tipo de empresas, que no son propiamente capitalistas, pero buscan apropiarse de grandes masas de plusvalor que genera el trabajo "potenciado" que descansa en la innovación tecnológica y conlleva ganancias extraordinarias. El punto es que, como lo planteó el viejo lobo de Marx, el proceso de valorización del capital puede verse afectado por la automatización creciente de procesos productivos que, si bien posibilitan la maximización de ganancias al abaratar costos por menor ocupación de fuerza de trabajo, también se genera la famosa tendencia a la caída de la tasa de ganancia porque la explotación de la fuerza de trabajo disminuye en la misma proporción en que ya no son ocupados más trabajadores porque son sustituidos por máquinas o robots.
Para contrarrestar esa tendencia de caída de la tasa de ganancia por la creciente automatización de procesos productivos, el desarrollo de la IA se manifiesta fuera del proceso de producción y se presenta en lo que Jorge Veraza ha denominado como el proceso de "subsunción real del consumo al capital". En suma. Lo que está en juego con las pretensiones de regulación de IA en el plano internacional tiene que ver más con un problema creciente del capitalismo para mantenerse como sistema de explotación del trabajo, que como un problema que ponga en juego el fin de la humanidad. La IA no es ni puede ser el sujeto que termine dictando el derrotero de las relaciones sociales productivas, el desafío es el de la democratización de la definición de sus alcances, de su acceso por amplias capas de la población más allá del uso cotidiano que representa la manipulación de objetos que parecieran más inteligentes que la propia gente, como los celulares y las computadoras cuyos proceso internos de funcionamiento nos parecen más "mágicos" que producto de una razón científico-técnica que, ciertamente, descansa en muy pocas empresas que monopolizan su desarrollo. Sobre esto seguiremos en otra colaboración.



