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La rebelión de la palabra

Por Jorge Chessal Palau

Febrero 23, 2026 03:00 a.m.

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Hay imágenes que se quedan grabadas por lo que revelan de nuestra condición. Me pasó hace poco volviendo a ver algunas escenas de El juego del calamar, aquella serie coreana que se convirtió en fenómeno mundial al mostrar a personas desesperadas compitiendo en juegos infantiles mortales por una recompensa económica muy jugosa. Más allá de la violencia, lo que realmente impacta es el proceso de despersonalización, pues el hombre o la mujer que entra con una historia, con deudas, con miedos y con un nombre, sale convertido en un número. 

Al convertir a alguien en número, le quitamos su biografía. El número no reclama, no sufre, no tiene familia que lo espere para cenar; el número se administra y, en cambio, la persona incomoda. La deshumanización no empieza con el maltrato físico, sino con la palabra. Antes de cambiar la forma en que tratamos al otro, cambiamos la forma en que lo nombramos.

Analicemos un caso que a algunos incomodará pues en la vida real, pues el lenguaje reemplaza a veces a la persona para volver más cómoda la gestión. La palabra "trabajador" es fuerte, directa. Evoca a una persona de carne y hueso que, conforme a la Ley Federal del Trabajo, presta a otra, física o moral, un trabajo personal subordinado, entendiendo por "trabajo" toda actividad humana, intelectual o material, independientemente del grado de preparación técnica requerido por cada profesión u oficio. Conlleva una carga jurídica y social profunda, pues el trabajador tiene derechos, jornada, cansancio y conciencia. Hoy en día el trabajador ha sido reemplazado por eufemismos que lo transforman en un activo intangible. 

Primero aparece el término "colaborador", el favorito del coaching moderno. Suena a compañerismo y relación horizontal, pero suele funcionar como un filtro sobre una realidad de jerarquías y subordinación. El "colaborador" sugiere una asociación voluntaria entre iguales, ocultando que la relación laboral sigue siendo una transacción desigual donde uno no negocia el rumbo del barco del otro.

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Luego llegamos al "talento". Aquí la persona ya no es un sujeto, sino un conjunto de atributos que la empresa detecta, desarrolla o reemplaza. Se habla del talento como de una cartera de inversión. Al llamar a alguien así, se le despoja de su humanidad; no es alguien con una hipoteca y preocupaciones, es un potencial, una energía para usar. Es, tal vez, el eufemismo más seductor y, por tanto, el más insidioso de nuestra época. Bajo la apariencia de un elogio, pues a nadie le desagrada que le reconozcan capacidades extraordinarias, se esconde una cosificación sutil; dejamos de ver al individuo en su complejidad biográfica y pasamos a observarlo como un yacimiento del cual extraer valor. El "talento" no tiene necesidades, tiene "requerimientos de desarrollo"; no tiene una vida fuera de la oficina, tiene un "potencial de retención". En esta lógica, la persona queda reducida a una habilidad técnica o una competencia específica que la empresa "adquiere" y "monetiza", despojándola de su carácter de sujeto de derechos para convertirla en un objeto de gestión. 

Finalmente, aparece el "capital humano". Aquí el ser humano es, literalmente, un activo, igual que una prensa hidráulica, una envasadora o una flotilla de camionetas. Se le añade lo de "humano" para que no se sienta tan frío, pero el sustantivo implica rendimiento y retorno.

Este cambio lingüístico es el reflejo de una cultura que parece inspirada en la serie Severance, donde los empleados de una corporación se someten a una cirugía para separar sus recuerdos laborales de sus vidas personales. En el trabajo, son unidades despersonalizadas que ejecutan tareas sin saber quiénes son afuera. 

Nombrar bien no resuelve la injusticia, pero impide que se vuelva invisible. Al final, quien controla el lenguaje, controla la realidad; y la primera batalla por la humanidad se libra eligiendo las palabras correctas para llamarnos unos a otros. Aunque suenen fuertes.

X: @jchessal