logo pulso
PSL Logo

Laus Deo

Por Catón

Julio 10, 2026 03:00 a.m.

A
¿Quieres resumir esta noticia?

Resumen

Destacados

    Preguntas y respuestas

      ¡Mañana! ¡Sí, mañana aparecerá aquí "El Chiste Más Pelado en Todo lo que Va del Año"! Los moralistas deberán abstenerse de poner las manos en este prestigiado diario, pues la extremada sicalipsis de tan nefando cuento podría inficionarlos. ¡No se lo pierdan mis cuatro lectores!... Soy irremisiblemente lampiño. Lo he sido desde joven: mi padre, don Mariano, me embromaba diciéndome que tenía yo cara de nalga de princesa, y me sugería hacer a un lado la Gillette, pues bastaría que me untara con leche las mejillas y me pusiera luego al gato. Lampiño soy, repito. Envidio el bigote de Frida Kahlo y la vellida barba del Cid Campeador. En la España decimonónica habría sido yo cura o torero, pues a los oficiantes de ambos ritos se les prohibía gastar barba o bigote. En cierto modo me enorgullezco de no tener rostro piloso: seguramente lo debo a mi herencia tlaxcalteca, de la cual me ufano. Los hombres y mujeres venidos de Tlaxcala dieron a mi ciudad, Saltillo, su ánima y su estilo. Nos legaron la colorida urdimbre del sarape; la sabrosura del rico pan de pulque; las danzas de los matachines ("Danza, danzante, con el corazón, / que cada paso tuyo es oración"); plantaron las umbrosas huertas de donde salían los perones y membrillos, emblemáticos frutos saltilleros. Calle tradicional del pueblo tlaxcalteca fue la de los Baños, que ahora se llama Francisco Murguía. Yo la frecuentaba en mi niñez por dos gratos motivos. El primero: ahí vivían mis amiguitos Cuitláhuac, Cuauhtémoc, Moctezuma y Xóchitl, cuyo padre era recio indigenista. Jugábamos en la calle, todavía sin asfaltar, y a la hora de la merienda la mamá de mis amigos asomaba a la puerta de la calle y los llamaba a voz en cuello por orden de su llegada al mundo: "¡Cuicui! ¡Cuacua! ¡Chochi! ¡Muma!". El otro motivo por el cual iba yo a la calle de los Baños, en cuya vera corría siempre una acequia cantarina, era que ahí crecían huertas como las que arriba dije. Por 20 centavos entrabas a una de ellas y comías toda la fruta que pudieras comer en una hora: higos, manzanas, peras, duraznos, ciruelas, chabacanos (prohibido sacar un solo fruto), y tenías derecho a nadar, o en mi caso hacer como que nadabas, en una de las pilas de regadío. De ahí el antiguo nombre de esa calle: de los Baños. En ella se encuentra una de las más prestigiadas escuelas primarias de Saltillo, la que se honra llamándose como el gran prócer coahuilense Miguel Ramos Arizpe. Pues bien: he aquí que se impuso mi nombre a la biblioteca del plantel, enriquecida con 500 libros más gracias a la generosa labor de la maestra Imelda Rétiz, a quien he designado "Apóstola de la Lectura", aunque la palabra "apóstol" tenga únicamente -e indebidamente- el género masculino. Agradezco al personal directivo, magisterial y administrativo de la escuela, lo mismo que a sus alumnos y padres de familia, el honor que me hicieron, y doy las gracias por su presencia al maestro Luis Arturo Dávila de León, director del mi colegio de niño, el Zaragoza, y al Hermano Genaro Velazco Armenta, que tiene 92 años, de edad, pero parece de 50. Ambos me hicieron el favor de estar presentes en la ceremonia. Todas las tardes está lloviendo en mi ciudad. Del mismo modo las bondades de mi prójimo no dejan de llover sobre mi persona. Laus Deo... El esposo le preguntó a su señora a través de la puerta del baño: "¿La que dijo '¡Ah cabrón!' fuiste tú o fue la báscula?". En su cama de hospital un tipo le contó al amigo que lo visitó: "Estoy aquí por un cálculo". "¿Renal?" -inquirió el amigo-. "No -aclaró el tipo-. Calculé que el marido llegaría a las 11, y llegó a las 9". FIN.