Los rehenes de la tradición
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Recuerdo haber conversado brevemente con dos de los hijos de don Antonio, considerado el último chamán lacandón, mientras nos llevaban por la laguna de Metzabok al encuentro de este legendario personaje. Yo acompañaba a Jonathan Tourtellot -uno de los editores del National Geographic- como parte del proyecto de creación de la Marca Chiapas, que me tocó liderar en 2009.
Estos jóvenes lacandones vestían un "kut", la tradicional túnica blanca de algodón que llega hasta los tobillos, y encima de ella vestían el chaleco color caqui que tradicionalmente utilizan los fotógrafos, lo cual rompía con la tradición del uso de la túnica lacandona que quedaba abajo.
Mientras hundían el remo en el agua les pregunté quién se perfilaba como heredero de los conocimientos ancestrales de don Antonio y de su legado espiritual. Descubrí en esa plática que para esos jóvenes su mayor aspiración era llegar a poseer una camioneta -de esas que estaban de moda y tenían una gran campaña de televisión-, así como un estilo de vida moderno, más que tener el privilegio de convertirse en herederos del legado de su padre. Evidentemente su sueño era huir de la pobreza y de la precaria vida que llevaban.
Durante los últimos sexenios se sigue repitiendo una gran injusticia con los descendientes de nuestros pueblos originarios, a quienes se les ha endilgado la responsabilidad de convertirse en guardianes de sus raíces y tradiciones ancestrales, lo cual les significa vivir esclavizados a su tierra y a una vida de privaciones, negándoles la oportunidad de salir a buscar oportunidades laborales o de negocio que les permitan remontar la pobreza. ¿Cuándo se les ha preguntado si aceptan esa responsabilidad por voluntad propia?
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Para los funcionarios públicos acostumbrados a una vida cómoda y a los lujos del poder les parece obvio que están obligados a preservar su legado y todo el sistema educativo se centra en ese objetivo, lo cual les condena a no ser competitivos si quisieran salir de su comunidad.
Los mitos relacionados con el indigenismo representan hoy una violación a sus derechos humanos individuales, pues les limitan su desarrollo.
Preservar el legado indígena y su cultura no es responsabilidad de las comunidades indígenas, sino de todos los mexicanos y principalmente del gobierno.
Sin embargo, son discriminados cotidianamente y esquilmados por quienes no conservan la pureza racial y tienen mejor posición económica y educativa que ellos.
La artesanía no es valorada comercialmente y representa la opción barata de la decoración, no el reconocimiento al legado artístico y cultural.
Nos acordamos de ellos con orgullo cuando pensamos en sus ancestros de hace 500 años, pero menospreciamos a éstos, sus descendientes.
Ahora que se analiza la "Ley general de derechos de los pueblos indígenas y afroamericanos" es momento de dejar la parafernalia demagógica que los mantiene marginados y pensar en rescatarlos de la pobreza, de los riesgos a su salud y del acoso del crimen organizado, lo cual ha sido denunciado en Chiapas por el EZLN.
Es urgente integrarlos a la modernidad y a las oportunidades de desarrollo, lo que les permitirá mejorar su calidad de vida.
Incluso en el ámbito social y político, al dejar a la población indígena al margen de nuestro estado de derecho -rigiéndose por el sistema de "usos y costumbres"-, se les niega la protección de las leyes contenidas en nuestra Constitución y se les condena a quedar en manos de caciques que de modo autoritario les gobiernan con la complacencia de las autoridades estatales y federales.
El trato diferenciado que desde hace muchas décadas se le da a las comunidades indígenas, -más que beneficiarlas-, las segrega y las deja en manos de la burocracia gubernamental que ha hecho del indigenismo un terreno fértil para sus objetivos políticos. ¿A usted qué le parece?
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