Mirador
Doña Mariquita, mujer entrada en años, es muy gorda.
Al decir eso quizá falto a la buena educación y a la caridad cristiana, pero no a la verdad.
Vive con su hija soltera en una antigua casa heredada de sus padres. Mi mamá me lleva a la tertulia que cada jueves ofrece en su casa la señora. Ahí se toca el piano, se canta, se declama y se juegan juegos de prendas. Yo, niño, le pregunto a la muchacha: "¿Y tu papá?". Me responde: "No tengo".
Doña Mariquita, sentada en un sillón en el que apenas cabe, preside la reunión. Su hija ofrece a los invitados café o limonada y galletitas. Al final pasa una charola en la que cada uno deposita unas monedas "para el gasto".
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Ahí escuché por primera vez el Nocturno a Rosario, de Acuña, y la Serenata de Schubert. Intuí entonces la belleza y los misterios que hay en la música y la poesía.
Le doy las gracias a doña Mariquita, y le pido que me perdone por haber recordado su gordura. Así como no somos dueños de nuestros olvidos, tampoco somos dueños de nuestros recuerdos.
¡Hasta mañana!...
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