Mochila pesada
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Dicen por ahí que la rutina consuela porque nos ahorra el trabajo de pensar. Pero hay mañanas en las que la rutina no consuela, sino que abruma. Hoy es una de ellas.
Lunes de regreso a las aulas para educación media superior y superior. Para millones de familias en el país, el despertador no fue solo una señal para salir de la cama, sino el disparo de salida para una carrera de obstáculos que involucra el tráfico desbordado en las avenidas, los camiones llenos a reventar y el nudo en la garganta ante el saldo de la tarjeta de crédito.
Las cifras oficiales nos recuerdan la dimensión del fenómeno: la Secretaría de Educación Pública registra el retorno a los planteles de más de 23 millones de estudiantes de educación básica en todo México, atendidos por más de 1.2 millones de docentes. Un ejército que pone en movimiento al país entero. Sin embargo, detrás de la numeralia institucional habita la realidad doméstica, esa donde las cuentas no siempre cuadran.
De acuerdo con estimaciones del sector comercial y de organismos como la ANPEC, el costo por alumno para este inicio de ciclo escolar puede superar con facilidad los 3 mil 500 pesos si se suman las listas de útiles, mochilas, calzado y uniformes; esto, en escuelas oficiales. En las privadas, por supuesto, mucho más. Una cifra que se dispara al considerar las aportaciones voluntarias —que en la práctica pocas veces lo son— y los gastos recurrentes en transporte y loncheras. Para un hogar con dos o tres hijos en edad escolar, la pendiente de agosto se vuelve bastante más empinada que la de enero.
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A la presión financiera se le une el estrés logístico. El caos vial de las primeras horas de la mañana, los traslados que duplican su tiempo habitual y la inevitable prisa revelan que las ciudades siguen sin estar preparadas para responder con fluidez a sus propios rituales colectivos.
Caminar hacia la escuela con los niños y niñas de la mano implica ver mochilas repletas de cuadernos nuevos, pero también a padres de familia cargando una mochila invisible, llena de desvelos, sacrificios y malabares presupuestales. Valdría la pena preguntarnos si el esfuerzo gigante de cada hogar encuentra un eco equivalente en la calidad de la enseñanza y en la infraestructura de los planteles que hoy abren sus puertas. Al final, lo único que justifica semejante trajín es la certeza —o la fe empeñada— de que la educación sigue siendo la mejor ruta posible.



