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Nacionalismo autoritario

Por Jesús Silva Herzog Márquez

Mayo 25, 2026 03:00 a.m.

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      La presidenta Sheinbaum libra una intensa batalla retórica. Ante las amenazas de fuera, ante las muchas catástrofes que se le apilan, la presidenta hace de la perorata su estrategia. Ellos tendrán aranceles, drones, agentes encubiertos, calificadoras; en Palacio Nacional hay rollo. Ahí está nuestra dignidad, nuestro orgullo, nuestra fuerza. No hay problema en el México de hoy que no resuelva un buen relato. México es una potencia sentimental que no tiene nada que envidiarle al vecino, simple potencia militar y económica. La reducida capacidad expresiva de Claudia Sheinbaum, simplificadora del gran simplificador, pone al chovinismo nacional en su justa dimensión: el infantilismo nacionalista no es más que un amontonamiento de simplificaciones y falsedades que pretende ocultar la incompetencia. 

      Pero más allá de lo risibles que resultan a estas alturas las manidas lecciones de historia patria; más allá de su maniqueísmo elemental que separa en el pasado fibras dignas y de las fibras deshonrosa, el discurso nacionalista de la presidenta es instrumento para reforzar el autoritarismo. No es un mero reflejo ni una simple distracción: es una deliberada maniobra autoritaria. No es algo nuevo ni particularmente imaginativo. El nacionalismo ha sido una de las coartadas más eficaces del autoritarismo aquí y en muchos otros lados. La amenaza exterior, la acechanza extranjera se convierte en la justificación emocional de la autocracia. Pintar al adversario interno como un juguete del enemigo de fuera justifica su supresión. Eso pretende hacer este régimen y lo ha anunciado con toda claridad. 

      Claudia Sheinbaum celebró el proyecto del diputado Ricardo Monreal de anular cualquier elección en la que se detecte una interferencia extranjera. "Me parece bien." Eso dijo la presidenta la semana pasada. Se refería a una iniciativa abominable que daría a las autoridades electorales-de cuya parcialidad pocos pueden dudar--la facultad de anular una elección si detectan que un extranjero intervino en ella. En la vaguedad de la redacción se exhibe la perversidad del proyecto. "Se declara nula una elección cuando exista intervención de individuos, organizaciones o gobiernos extranjeros con la intención de influir en las preferencias o en los resultados electorales". Esa es la propuesta del coordinador morenista que ha recibido la felicitación de la presidenta. Monreal quisiera convertir cualquier elección en anulable y darles a sus delegados en los órganos electorales el poder de invalidar los triunfos de la oposición. El sistema electoral quedaría totalmente expuesto al capricho de las autoridades. El reportaje de un periodista español, la declaración de un legislador norteamericano, el reporte de una agencia internacional, la conferencia de un intelectual francés, la expresión de un empresario extranjero: cualquier cosa podría ser causal suficiente para dejar sin valor el voto de millones de electores.

      La siniestra iniciativa que respalda Sheinbaum no castigaría acto alguno de candidato o de partido. Impondría a ellos y, desde luego a sus votantes, un castigo por hechos sobre los cuales no tendrían ningún control. ¿Anular una elección presidencial por las declaraciones de un gobernante extranjero, por los mensajes de un magnate, por la manipulación de los algoritmos? La iniciativa de Monreal no es solamente un golpe severísimo a la competencia pluralista, es también indicio de una estrategia inequívocamente autoritaria. A la captura de las instituciones democráticas se agrega otro elemento que resulta muy valioso para el funcionamiento del autoritarismo: la difuminación de la ley. Se trata de convertir las reglas en textos tan elásticos, que le den a la maquinaria del régimen un amplísimo poder discrecional. La ley no ata al poder: le ofrece un abanico de opciones para legitimar su capricho. Cuando la ley es nebulosa, quien decide lo hace sin restricción alguna. El autoritarismo se consolida en la tramposa imprecisión.

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      El discurso nacionalista no es solamente una oxidada fuga retórica. Es también el anclaje sentimental de un proyecto autoritario. La legitimación de supresión del pluralismo y la anulación de la ley desde su propia letra.