Nacionalismo compensatorio
Con nacionalismo se pretende encubrir el fracaso del Estado. Mientras se acumulan las pruebas de que el territorio escapa de su control, se agitan las banderas del relato histórico más pedestre. Cuando vemos las evidencias de la subordinación de la política al crimen, se nos vuelven a contar historias edificantes sobre un pasado glorioso. Que este era un paraíso, que aquí vivían hombres muy sabios y muy buenos. Que luego llegaron unos señores perversos y ambiciosos a los que, gracias a los héroes, pudimos expulsar siglos después para recuperar lo que nos fue arrebatado. Que todo lo que México ha sido está contenido en esa batalla eterna entre la virtud y la codicia.
El Estado mexicano se ha desmantelado a sí mismo. Lo ha hecho invitando, desde hace muchos años, al enemigo a casa. Se ha pactado con el crimen buscando beneficio del botín o creyendo que esa era la única manera de alcanzar la paz. Largos años de contubernio que han terminado por aniquilar la autoridad del poder público. Gobiernos al servicio del crimen. Criminales al mando del gobierno. Lo cierto es que hay una nueva geografía nacional. Los linderos de los estados, por nítidos que sean, son menos importantes que las manchas de las corporaciones criminales que se disputan los territorios. La nueva cartografía nacional es un mosaico de mafias. Claudia Sheinbaum no llega tarde a ese arreglo. No es inocente víctima de un pacto heredado. Ella ha sido, en los hechos, firmante de su renovación. Su política de seguridad se ha detenido en seco cuando aparecen acusaciones contra los jerarcas de su partido. Es cierto que ha cambiado la estrategia, pero no ha estado dispuesta a poner en riesgo la unidad de su partido. Hasta el momento, Sheinbaum ha garantizado impunidad a la cúpula. Conociendo mejor que nadie todos los espacios políticos que controla el crimen, la presidenta entiende perfectamente que el Estado que ella representa no ejerce control en amplios espacios del territorio. Pero si no puede proteger a la ciudadanía, bien puede arrullarla con los cuentos de la historia de bronce.
El oficialismo se llena la boca de soberanía mientras destruye las condiciones que la hacen posible. Entrega territorios a los criminales y destruye los órganos encargados de hacerla valer. La soberanía no termina en la independencia frente a los poderes de fuera. Exige imperio interno de la ley. No hay soberanía si no existe una instancia final que pueda resolver los conflictos a partir de los mandatos del derecho. Claudia Sheinbaum consumó la destrucción del poder judicial como una entidad autónoma y profesional. Convirtió a todos los tribunales del país en diputaciones sometidas a los estímulos y los castigos del voto. Por eso resulta tan débil el llamado de procesar adentro a quienes el gobierno norteamericano señala como cómplices del narcotráfico. La demolición de la judicatura, empezando con la Suprema Corte de Justicia no solamente hace de México un país menos democrático, sino también un país menos autónomo. Los tribunales que se diseñaron al final del gobierno anterior y que se formaron a principios de este hacen de México un país más vulnerable a las agresiones de fuera. Lo vemos hoy, dramáticamente. El país ha renunciado a tener una fiscalía mínimamente confiable, una fiscalía que pudiera actuar con criterios estrictamente técnicos para perseguir el delito. La subordinación política de la Fiscalía no hace más fuerte a Sheinbaum: la debilita. Lo que haga la Fiscalía General debe ser entendido estrictamente como una orden presidencial. A eso le llaman "coordinación." La presidencialización de la justicia es un balazo en el pie. Fortalecer al Ejecutivo no es fortalecer al Estado.
Tal parece que Claudia Sheinbaum se tomó en serio ese libro ridículo de fantasía nacionalista que elevó la megalomanía de López Obrador a dimensiones cósmicas. Que la científica lee la historia como cuento para niños, como una batalla entre héroes y villanos. Y, sobre todo, que está convencida de que, cuando se agudizan los problemas, hay que refugiarse en el pasado remoto para no hacerse responsable de los apremios del presente.
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