Principios, límites, memoria
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Certera precisión de la presidenta Claudia Sheinbaum: poder sin principios es arrogancia, poder sin límites es abuso, poder sin memoria es puesto en su lugar por la historia. Más allá de una coyuntura específica, se trata de postulados que orientan la acción transformadora de un gobierno que pone en el centro a ese sujeto que, por definición, es de amplio espectro y conocemos como pueblo. Un poder sin principios es propio de un ejercicio carente de compromiso con el pueblo, un poder que confunde la moral con la ética porque aquélla la reducen a un árbol que da moras y ésta es la expresión de una visión más amplia sobre la reivindicación de la vida digna de los históricamente oprimidos. Si bien, en términos lógicos, el pueblo es la suma de todos los sectores sociales, en términos históricos el sector oprimido es el pueblo al que se debe "mandar obedeciendo" y, por tanto, cuando no se asume ese principio que legitima a una autoridad, sobreviene la arrogancia que termina en intemperancia, en falta de mesura para entender que la autoridad política no deriva de sí mismo sino de la delegación que el pueblo hace del poder y que, por eso mismo, bien se dice que "el pueblo pone y el pueblo quita".
De los límites del poder es más que evidente el resultado del abuso de autoridad, cuando no se cumple con la responsabilidad de proceder de acuerdo con la legalidad y con postulados que orientan la acción desde el poder para garantizar que el pueblo, considerado en términos de esa historicidad a la que nos hemos referido, sea algo más que una masa moldeable por intereses personales o sectarios. ¿Cuántas veces no se vio y experimentó que, en nombre de una presunta igualdad de oportunidades, los personeros de gobiernos neoliberales se despacharon con la cuchara grande para fines personales de enriquecimiento económico y acumulación de poder para gozar de impunidades totales? En el viejo régimen político se llegó al extremo de calificar esos actos de abuso descomunal como "política ficción", como situaciones tan descabelladas que se asumían como imposibles de suceder aunque se tuvieran delante de "las narices" de la clase política gobernante, "mitos geniales" llegaron a decir también.
El poder sin memoria es puesto en su lugar por la historia, valga decir, en el basurero de la ídem. Aquí lo hemos planteado ampliamente, el triunfo del pueblo mexicano en 2018 fue el de la memoria contra el olvido, porque tantos años de abuso del poder económico y político de una minoría no podía ya sostenerse apelando a la desmemoria de la gente, porque la resistencia de los pueblos siempre permanece latente y se precipita cuando el memorial de agravios se vuelve material y moralmente inaguantable. El motor que revoluciona las conciencias no es tanto la promesa de un mundo mejor (de promesas siempre estuvo empedrado el camino del tradicional sistema político mexicano) sino la insoportable materialidad de vida del ser humano, de las personas en lo individual y como comunidad con respecto a la precariedad de sus condiciones de subsistencia digna. Esos rasgos del poder muy propios de la derecha han sido señalados por la actual Presidenta de la República como polvos de viejos lodos que ya no tienen cabida en un gobierno de la transformación institucional comprometido con, por y para el pueblo. Lo demás, son ganas de una derecha ávida de regresar por sus fueros, pero la historia no perdona.



