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¿Quién escribe el guión?

Por Jorge Chessal Palau

Marzo 09, 2026 03:00 a.m.

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Hay algo curioso en la manera en que el mundo habla de México, pues a veces uno tiene la sensación de que nuestro país no aparece en los discursos internacionales como una nación compleja de casi ciento treinta millones de personas, sino como una temporada más de una serie de streaming, con capítulos, villanos, persecuciones y frases dramáticas diseñadas para el promocional que anuncia la nueva temporada. La escena más reciente ocurrió esta semana, cuando en una cumbre regional celebrada en Miami, Donald Trump declaró que México es el "epicentro de la violencia de los cárteles" y anunció la creación de una Coalición Anticárteles para proteger la seguridad de Estados Unidos.

En el fondo de esto, buena parte de la conversación global sobre el narcotráfico funciona como un guion, y no como cualquier guion, sino uno que parece escrito con el mismo tintero creativo donde se producen series como Narcos o El Chapo. Allí la estructura dramática está clara y simple, pues hay un territorio violento, un villano carismático, agentes heroicos que intentan detenerlo y una frontera que divide el bien del mal, como en las viejas películas de vaqueros.

La televisión aprendió hace tiempo que el narcotráfico vende, como una historia perfecta para el entretenimiento contemporáneo, ya que mezcla poder, dinero, tragedia y personajes bastante llamativos. El problema es que ese formato narrativo termina filtrándose al discurso político.

Cuando alguien como Trump afirma que México es el epicentro de la violencia del hemisferio, está usando exactamente el mismo recurso que un guionista cuando necesita introducir el conflicto central de la temporada. No es un diagnóstico sociocriminológico, es un golpe dramático. El problema de esto es que banaliza, simplifica.

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Las series necesitan simplificar porque tienen diez capítulos y cincuenta minutos por episodio, por lo que décadas de desigualdad, corrupción, política internacional, consumo de drogas y tráfico de armas se comprimen en una trama que el espectador pueda entender mientras cena frente a la televisión. El resultado es entretenido, pero inevitable y absurdamente parcial.

Convertir a México en el "epicentro del derramamiento de sangre" no explica nada sobre el consumo masivo de drogas en Estados Unidos, ni sobre el mercado global que sostiene a los cárteles, ni sobre el flujo de armas que cruza la frontera en sentido inverso, pero sí construye un antagonista perfecto para un discurso electoral, por si los asuntos en Venezuela o Irán no son suficientemente buenos para ar votos.

La narrativa funciona porque todos reconocemos sus códigos; es el héroe que promete salvar al país contra el enemigo externo que concentra la amenaza. Es el mismo esquema dramático que vemos cada semana en las plataformas de streaming. Y, como ocurre en esas series, el público termina atrapado por los personajes. El narcotraficante aparece como un genio criminal capaz de desafiar al Estado. El agente se convierte en el último defensor del orden. Y el país donde ocurre la historia se transforma en escenario exótico para la tragedia. Pero hay que pensar que detrás de ese escenario viven millones de personas reales, comunidades enteras que padecen la violencia, instituciones que intentan enfrentarla y una sociedad que no cabe en el molde del villano colectivo.

La política contemporánea vive cada vez más atrapada en la lógica del espectáculo, pues los discursos se diseñan como si fueran episodios virales, las frases se calculan para circular en redes y los conflictos internacionales se reducen a escenas de confrontación simbólica, con buen escenografía.

La narrativa importa. Las palabras con las que se describe a un país terminan moldeando la manera en que el mundo lo percibe y la manera en que ese país se percibe a sí mismo y ahí está el verdadero riesgo, no en las frases dramáticas de una cumbre internacional, sino en que terminemos creyendo que nuestra realidad cabe en el libreto de una serie. 

@jchessal