¿Todos nos volvimos FIFAS?
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Durante unas semanas, México latió al mismo ritmo. Camisetas, banderas, gritos en la calle cada vez que la selección anotaba un gol. Parecería fácil hablar de esa pasión con condescendencia, como si fuera una distracción o una ingenuidad colectiva. Pero el astrónomo Carl Sagan, en su libro "Miles de millones", sugirió una hipótesis más cercana: que esa intensidad no era sólo cultural, sino casi genética. Un residuo de nuestro pasado como cazadores, del impulso de gritar en conjunto por la supervivencia de la comunidad. Si eso es cierto, entonces lo que sentimos durante el Mundial no fue una debilidad: fue casi un instinto. Y por eso mismo merece tomarse en serio, no burlarse de él.
En algún momento de este Mundial, muchas personas empezamos a usar una palabra que ya circulaba en redes: "fifas". No en el sentido neutral de "aficionado al futbol", sino en el sentido más filoso con el que nació el término, refiriéndose, sobre todo, a hombres, cuya pasión por el juego (y por el videojuego que le presta el nombre) viene acompañada de una doble moral muy específica: si una mujer raya un monumento en una marcha feminista, es vandalismo, pero si un grupo de aficionados hace lo mismo festejando un título, es júbilo, es parte de la fiesta. El término se usó para describir esta euforia colectiva que muchos reconocimos y sentimos.
Ese instinto de gritar junto con la comunidad es tan fuerte que puede hacernos mirar hacia otro lado frente a lo que, visto con otra perspectiva, es simplemente un doble rasero.
Y aquí es donde la palabra "fifa" dejó de ser sólo un fenómeno de redes sociales y empezó a describir algo institucional. Porque FIFA, la organización, funciona exactamente con la misma lógica que el "fifa" individual: una pasión que sirve de máscara, un amor por el futbol que intenta ocultar la pregunta de quién responde ante qué.
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La institución que abusa de la pasión
Vale la pena decirlo con toda claridad: lo corrupto no es el futbol. No es la emoción ante un gol, ni el instinto que nos hace gritar juntos al ver un partido. Lo corrupto es la institución que, durante décadas, ha cooptado esa pasión y la ha convertido en un negocio que no se reinvierte en las infancias que sueñan con jugar este deporte, sino en las marcas y corporaciones que explotan el sentimiento y dejan en los márgenes a la mayoría: la FIFA.
Lo que tenemos, es una institución creada para que las sedes de los mundiales se decidan mediante actos de corrupción que han solapado abusos de derechos humanos y tráfico de personas. Permitiendo que los recursos públicos de los países sede se destinen, no a mejorar su infraestructura pública, sino al negocio corrupto del embellecimiento superficial que dura un mes.
Lo que vimos esta semana en el Mundial: la tarjeta roja de Balogun suspendida tras una llamada de Trump a Infantino, la reacción indignada de Bélgica, el cuestionamiento de miembros del Parlamento Europeo, no es una anomalía. Es, quizás, el ejemplo más claro de una estructura que fue pensada desde el principio para capitalizar la pasión, no para encauzarla.
Lo que queda cuando se va el Mundial
El Mundial se irá de cada uno de los países que lo organizaron, incluido el nuestro. Lo que queda es una afición triste e indignada por una tarjeta cancelada y una serie de decisiones arbitrales que no parecen muy neutrales. Una afición que, aun así, sigue observando apasionada, que sigue esperando.
Ojalá llegue el día en que nos demos cuenta que el futbol no le pertenece a una asociación privada sin rendición de cuentas. Le pertenece a quienes nos emocionamos, a quienes gritamos, a quienes seguimos creyendo, contra toda evidencia, que el juego merece algo mejor que esto. Y que lo que ejerce la FIFA también es corrupción.
@itelloarista
(Analista de temas de corrupción)




