De antojo a negocio de artesanías

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Lo que comenzó como un antojo durante su embarazo: morder un "cantarito de barro", se convirtió para Ingrid Tello en un negocio de venta de arcillas, terrones y caolines artesanales, productos usados para diversos fines y que hoy atraen a clientes no nada más de Soledad, sino de otras localidades del estado y de entidades vecinas.
La emprendedora explica que todo lo que vende viene directamente de minas de Guanajuato, Michoacán y Querétaro. Aunque muchas personas los buscan para mascarillas y exfoliación, otras (especialmente mujeres embarazadas) llegan por antojo, creyendo que son comestibles. Ella aclara de inmediato: "Nada es comestible. Todo es tierra. Se usan moldes y se les da forma, pero no tienen sabor y comerlos puede ser riesgoso para la salud".
Ingrid compra polvos minerales y los transforma en figuras atractivas para la vista. Nombres como "caolín black", "arcilla esmeralda" o "color durazno" no responden a sabores, sino a tonalidades y texturas. Algunas arcillas se vuelven cremosas al contacto, otras se desmoronan fácilmente, pero todas, insiste ella, son exclusivamente para uso cosmético.
El emprendimiento nació en su casa, pero la acumulación de tierra le provocaba alergias. Decidió entonces rentar un pequeño local para trabajar sin afectar su salud y atender mejor a sus clientes. "Siempre me ha gustado el comercio. Vendí zapatos, jabones... y ahora esto. Aquí tengo mi espacio y la gente viene a conocer cosas nuevas", cuenta.
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Las personas interesadas en conocer los productos y el trabajo de esta emprendedora pueden acceder a la página PicaTierrita Slp en la red social Facebook. El objetivo es sencillo: ofrecer productos artesanales seguros, explicar su uso y evitar que más personas caigan en la idea de que estas arcillas son comestibles.
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