Avisos de ocasión
El maistro Milo, famoso peluquero de Monclova, tenía ocurrencias peregrinas. En los avisos de ocasión de los periódicos ponía anuncios que divertían a la gente: “Solicito abogado con bicicleta”. “Se ofrece suegra para adopción”. “Por viaje vendo maleta”. Cierto día publicó una despampanante oferta: “Compro hormigas rojas. Pago un centavo por cada una”. Toda la chiquillada monclovense se puso a recolectar hormigas, y ese mismo día se formó frente a la peluquería de Milo una larga fila de chamacos con frascos llenos de hormigas rojas para vendérselas al maistro. Recibió él al primer vendedor, y empezó a sacar una por una las hormigas del frasco que llevaba el ansioso muchachillo. Fingía revisarlas y dictaminaba luego: “Hormigo. Hormigo. Hormigo.”. Le decía al desolado muchachillo: “El anuncio dice que compro hormigas, no hormigos”. De esta anécdota saco una conclusión que espero no suene a moraleja: cuidado con algunos avisos de ocasión. “Se buscan muchachas bien presentadas para casting de película”. Cuidado. Tras ese anuncio de falsa agencia de colocaciones puede esconderse una banda de tratantes de personas. Desde luego eso admite excepciones. Un cierto señor se levantó muy temprano en la mañana, según costumbre diaria, y acertó a ver en la página de avisos económicos uno que decía: “Vendo automóvil último modelo en un peso”. Abajo venía la dirección del anunciante. Pensó que aquello era una broma urdida por algún desocupado, pero algo lo hizo acudir a la dirección citada, pese a que eran apenas las 5 de la madrugada. La casa, en una colonia rica, era lujosa. Nerviosamente llamó a la puerta, y a poco apareció una mujer en bata. Sin más le preguntó al visitante: “¿Viene usted por lo del coche?”. “S-sí” -balbuceó el tipo-. “Pase a verlo”. El hombre entró lleno de inquietud. ¿No sería aquello alguna trampa? En la cochera estaba el automóvil, flamante, reluciente, hermoso. Dijo la dama: “¿Le gusta?”. “S-sí” -contestó el señor, a quien lo extraordinario de lo que estaba sucediendo le había limitado severamente el vocabulario-. Dijo ella: “Supongo que trae el peso”. “S-sí” -repitió el aturrullado visitante al tiempo que sacaba de su cartera el billete-. Lo tomó la señora y le entregó las llaves del vehículo. “Es suyo. Lo felicito por la compra. Es usted un hombre afortunado”. Seguidamente, al ver la estupefacción del tipo, le explicó el caso: “Mi esposo falleció hace días. En su testamento dejó dicho que el coche se vendiera, y que el producto de la venta se entregara a Fulana de Tal, que era su amante. Estoy cumpliendo la voluntad de mi marido. Hoy mismo mi abogado le llevará el peso a la mujer”. Ignoro si esta historia sea verídica. A lo mejor es solamente histórica. Aun así la cuento como excepción a la regla de que hay que tener cuidado con algunos avisos de ocasión... Doña Otelia le reclamó a su cónyuge: “Te vieron en el Bar Ahúnda con una pelandusca”. “Ninguna pelandusca -opuso el individuo-. Es una mujer de letras”. “No lo dudo -replicó Otelia-. De cuatro”... La palabra “kismet” sirve para designar al destino, sobre todo a un destino adverso. En la batalla de Trafalgar un disparo hirió de muerte al célebre almirante Nelson. Caído en brazos de uno de hombres murmuró agonizante: “Kismet, Hardy”. El hombre, confundido, le dio un beso en la mejilla... Muy diferente beso fue el que le dio Libidio a Loretela en lo oscurito. (En lo oscuro de la noche, quiero decir). Exclamó la joven: “¡Otro beso como éste y seré tuya para toda la vida!”. Libidio se apartó de ella, alarmado: “¡Qué bueno que me lo advertiste!”... FIN.









