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Bogueto

Por José Santos Zavala

Agosto 26, 2026 03:00 a.m.

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      La presencia de El Bogueto en la mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum puede parecer, a primera vista, una escena anecdótica: un exponente del reguetón mexicano cantando Mi Barrio en Palacio Nacional. Sin embargo, detrás de ese encuentro hay un mensaje que merece una reflexión más profunda. Las palabras pronunciadas permiten analizar un problema central de México: qué oportunidades ofrecemos a los jóvenes que nacen y crecen en contextos donde el talento existe, pero las oportunidades no siempre llegan.

      El Bogueto expreso: "la música, el esfuerzo y los sueños nacen en las calles, en las colonias y en los barrios". La afirmación cuestiona una representación social que durante años ha acompañado a las zonas populares. Cuando hablamos del barrio solemos hacerlo desde sus problemas: inseguridad, pobreza, violencia, adicciones; pero, los territorios socialmente vulnerables también producen creatividad, solidaridad, identidad y talento. El cantante convirtió su trayectoria en argumento cuando afirmó: "Aquí está la clara prueba de que puedes lograr cosas grandes viniendo del barrio". Su historia nació en Ciudad Nezahualcóyotl y logró construir una carrera musical hasta convertirse en una figura reconocida entre sectores juveniles. 

      Pero esa afirmación también merece ser problematizada. Una sociedad no puede depender exclusivamente de historias individuales. Pensar que alguien consiguió alcanzar sus objetivos gracias al talento, creatividad y trabajo puede resultar inspirador, pero también puede ocultar las profundas desigualdades que condicionan las posibilidades de las personas. No comienza desde el mismo punto quien dispone de buena alimentación, educación, seguridad, espacios culturales y respaldo familiar que quien debe trabajar desde adolescente, vive rodeado de violencia o abandona sus estudios por necesidad económica.

      El esfuerzo individual importa, pero las oportunidades también. Aquí inicia la responsabilidad de las políticas públicas. El gobierno no debe sustituir el esfuerzo de las personas, pero sí procurar que las condiciones de origen no determinen sus posibilidades de futuro. Una política dirigida a los jóvenes no puede limitarse a decirles "esfuérzate y podrás lograrlo". Debe proporcionar educación, seguridad, salud, empleo y espacios donde ese esfuerzo pueda convertirse en una posibilidad real de desarrollo. 

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      Al explicar el propósito de México Canta, la presidenta Sheinbaum señaló que su gobierno busca promover expresiones musicales que se alejen de la apología de la violencia y las drogas. La apuesta es incentivar otros referentes y formas de reconocimiento social. Lo sintetizó mediante la expresión: "Estamos trabajando en una transformación de conciencias". La intención es relevante porque reconoce algo que las políticas públicas frecuentemente olvidan: las personas no toman decisiones únicamente a partir de incentivos económicos. También actúan dentro de universos culturales que les proporcionan valores, aspiraciones, identidades y referentes. 

      Por ello, la música participa en esa construcción. Una canción no provoca automáticamente que una persona sea violenta, como tampoco una canción sobre la paz elimina la violencia. Sería absurdo atribuirle semejante poder causal. Pero las expresiones culturales sí pueden contribuir a normalizar, cuestionar o resignificar determinados comportamientos. Por eso resulta legítimo que una política promueva alternativas frente a discursos que convierten la violencia, el dinero fácil o el poder criminal en símbolos de reconocimiento.

      Aquí aparece el límite de la idea de "transformar conciencias". No basta con cambiar las narrativas si permanecen intactas las condiciones que las alimentan. Si a un joven se le pide rechazar la cultura de la violencia, pero vive diariamente rodeado de ella; si se le recomienda construir un proyecto de vida mediante el trabajo, pero observa que los empleos son precarios; o si se le pide alejarse de las drogas mientras vive dentro de una familia desintegrada, el discurso institucional terminará chocando con su experiencia cotidiana. 

      Por ello la presencia de El Bogueto en Palacio Nacional adquirió un significado que rebasa la música. El artista funciona como un intermediario entre dos mundos: el lenguaje institucional del gobierno y los códigos culturales de determinados sectores juveniles. Un funcionario puede hablar durante horas sobre prevención social de la violencia y quizá nunca alcanzar la capacidad de identificación que tiene un artista que comparte referentes, lenguaje y experiencias con esos jóvenes. Pero utilizar referentes culturales populares también implica una responsabilidad. No basta con subirlos a un escenario gubernamental. La inclusión simbólica debe convertirse en inclusión efectiva. 

      En síntesis: el Bogueto dijo: "quiero dejar mi granito de arena", esperando que su experiencia pudiera servirle "a algún morrito". Quizá esa sea lo más valioso de su mensaje. Porque un joven puede descubrir lo más importante para su vida mediante una canción. Las políticas públicas deberían multiplicar esto, ya que México necesita transformar conciencias, como lo expresó Sheinbaum. Necesitamos jóvenes que crean en sus capacidades, pero igualmente instituciones que hagan posible convertirlas en proyectos de vida. Nuestra obligación como sociedad es construir un país donde ningún sueño tenga que pedir permiso al código postal en el que nació. Próxima colaboración: 09/09/26. 

      @jszslp