Elogio de lo irrelevante
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Hace cosa de horas platicaba con una colega cómo a últimas fechas es clara la obsesión que tenemos con la productividad medible. Si uno hace algo y no tiene utilidad práctica, se descarta como si no sirviera para nada. Lo que vale, pareciera, es el conocimiento que genera dividendos inmediatos y aportar datos que sirvan para que las situaciones se puedan predecir. Así, almacenar en la memoria datos que no resuelven la inflación o que no explican las reformas constitucionales, pareciera un desperdicio de almacenamiento cerebral. ¡Tan bonito que es saber cosas que no sirven para nada!
Sin embargo, hay una sutil rebeldía —y una profunda utilidad social— en el cultivo de lo aparentemente irrelevante. Los datos llamados "inútiles" no son más que el tejido conectivo de la curiosidad humana. En una época de polarización y discursos densos, un hecho fortuito y sorprendente funciona como un democratizador del espacio público. No requiere militancia ni credenciales académicas; apela a la capacidad de asombro que compartimos todos. Son, en el fondo, el puente idóneo para romper el hielo y recordarnos que la realidad siempre es más elástica de lo que suponen nuestros rígidos mapas mentales.
Imaginemos que nos encargan atender de la chamba a un perfecto desconocido de esos que no hablan ni sacando las palabras con tirabuzón y que a lo único que se dedica es a ver el cielo. Díganme si no sería una chulada que de la nada uno diga: "Fíjese que acabo de enterarme que, si pudiéramos licuar la luz de todas las galaxias para descubrir el color promedio del cosmos, no sería ni negro abismal, ni azul místico. Resulta que los astrónomos determinaron que el tono predominante es beige claro, que bautizaron como color Cosmic Latte, por que se parece a la mezcla de café con leche". ¿A poco no está bonito el dato? ¡Punto para el café con leche!
O supongamos que estamos en un avión y nos toca a lado de una chica sumamente nerviosa por volar. Para distraerla podemos decir "Resulta que las nubes de tormenta, esas que parecen algodón de feria suspendidas en la nada -cumuloninbos- pesa alrededor de ¡medio millón de kilogramos! Imagínate, equivale a mas o menos cien elefantes de esos que se columpiaban sobre la tela de una araña" Por tres segundos ya la alejamos poquito de sus miedos.
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Piensen por ejemplo en la histeria que da cuando no hay internet en el celular y salir con un "¿Sabías que el Bluetooth lleva ese nombre por el rey escandinavo Harald Blåtand ("Diente Azul"), célebre en el siglo X por unificar a las tribus de Noruega y Dinamarca? De hecho, el logotipo actual no es un diseño abstracto, sino la fusión de dos runas nórdicas que representan sus iniciales." Y bueno, seguirán sin internet pero habrá algo de qué hablar.
Lo peor que puede pasar es que lo tachen a uno de nerd, pero yo creo que en estas épocas, el calificativo suena hasta halago. Rescatar estas nimiedades no es puramente un acto de ociosidad, es más bien que en este mundo saturado de aparentes verdades absolutas, el dato duro frecuentemente se usa para dividir y lo trivial nos devuelve el derecho a la sorpresa. Por eso a veces hay que dejar de tomarnos tan en serio y dedicar un merecido elogio a lo irrelevante.
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