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Familia y escuela Capítulo 339: Los valores y las emociones no se enseñan, se practican

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Octubre 14, 2026 03:00 a.m.

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      De manera positiva y proactiva se ha venido hablando y poniendo sobre la mesa de la discusión educativa la importancia de la salud mental, de la promoción de valores y de otorgar relevancia a las emociones para los procesos de enseñanza y aprendizaje en el desarrollo armónico de las personas.

      Desde luego que todo lo anterior tiene que ver con una educación integral, desde la cual no solo se atiende a una transferencia de conocimientos, sino que también se ponen en juego elementos sociales, culturales y personales; los cuales involucran a los distintos contextos en donde se desarrollan específicamente las personas y las diferentes situaciones por las que pasan.

      Lo que ha desencadenado que se posen las miradas sobre estos elementos tiene que ver con una avanzada descomposición social, representada por la disolución de límites, normas, acciones, nuevas costumbres y, sobre todo, escenarios virtuales que están paulatinamente suplantando a los escenarios presenciales y físicamente comprobables al estar cara a cara con los que compartimos experiencias educativas.

      Aunado a lo anterior, la creciente desconfianza que se ha creado hacia el "otro" al estar coexistiendo en una sociedad con diferentes actos de corrupción cotidiana, violencia de múltiples tipos y acentuándose contra la mujer; además, se ha "normalizado" el convertir únicamente en cifras, que aumentan todos los días, con los miles de desaparecidos, los cuales más allá de aumentar una contabilidad, aumentan el dolor y desesperanza de la misma cantidad de familias y el temor e inseguridad de otros millones de espectadores.

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      En la parte individual, se ha llegado a un momento en donde los valores sociales y culturales se han encargado de generar una autoestima basada en los componentes físicos y en cualidades externas como el consumismo y el llegar a manifestar los lugares y personas con las que estamos conviviendo, representadas en los miles de "likes" que una imagen, preferentemente sexualizada, provoca en todos los internautas de las diversas redes sociales, caso contrario, la caída que se tiene de la estima propia y la búsqueda de alternativas que la soledad física y virtual te ofrece, incluida el quitarse la vida.

      En la parte cognitiva, hemos sido capaces de delegar y casi desaparecer una de las cualidades que nos distinguían como seres humanos, pensantes y creadores de cultura, me refiero precisamente a permitirnos llamar a aparatos y tecnologías virtuales como "inteligentes"; todo ello como el producto de progreso y desarrollo de una civilización; y en la última etapa incluso, crear una Inteligencia Artificial (IA), la cual ha venido casi a clausurar al ya de por sí disminuido cerebro en sus funciones creativas y de razonamiento lógico. 

      Con todo ello, se ha llegado a un momento tal que denomino: "frialdad educativa" en donde desde familias, medios de comunicación y espacios escolares, se ha perdido de vista las diferentes dimensiones que integran a un ser humano y, solo estamos desempeñando roles sociales como actores que debemos aprendernos los diálogos que alguien más creó y repetirlos en el momento que se nos solicite.

      Esta frialdad ha llegado a presentarse como un proceso en donde la educación y formación, en familias y escuelas,  tienen bien delimitado los roles y funciones que cada integrante debe desempeñar; teniendo, para el caso de los hijos de familia, el obedecer irrestrictamente las normas, reglas y límites que los padres obligan a cumplir; quedando desactivadas las funciones creativas y propositivas que los menores puedan aportar; estarían cumpliendo como hijos modelo si desempeñan las acciones ordenadas.

      Para el caso de las escuelas, tenemos ya bien claro el cómo se debe actuar, teniendo en cuenta elementos, que sin duda son importantes: puntualidad, aseo, seguimiento y cumplimiento de acciones para lograr el objetivo propuesto, tareas encomendadas y, sobre todo, registrar todo lo que el docente diga, dicte o ponga en una diapositiva, para posteriormente intentar memorizar todo eso y repetirlo íntegamente en una evaluación que arrojará un número como comprobante que se aprendió y que, al mismo tiempo, los mantendrá "vivos" para continuar su trayecto académico; caso contrario, sobreviene la reprobación y el abandono de su trayecto formativo.

      De igual manera, las autoridades educativas, directivos, coordinadores, apoyos técnico pedagógicos y, por supuesto que los propios docentes, tienen claro el rol que les corresponde desempeñar.

      Esta foma educativa en verdad que se ha vuelto fría, repetitiva y totalmente aburrida y en algunos casos hasta agobiante por estar buscando como resultado aprendizajes que logren la obtención de una calificación numérica, tal cual si el educar consistiera en programar robots con aplicaciones y componentes que, al insertarlos en la mente, provoquen que todos ellos logren invariablmente las mismas ideas, pensamientos y acciones, supervisadas por un control de calidad.

      Y durante toda esta frialdad: ¿qué pasa con lo que sienten los hijos y alumnos? ¿qué procesos emotivos cruzan por las vidas y mentes de ellos? ¿qué elementos y experiencias logran reforzar o disminuir su autoestima? ¿qué ideas de sobrevivencia, resiliencia o de pulsión de muerte rondan sus pensamientos y reacciones? ¿cuánta soledad experimentan en momentos decisivos de su existencia? ¿qué valores utilizan para su toma de decisiones y realización de conductas? ¿cuántas escenas, ideas y soluciones con salidas positivas o totalmente falsas adquieren mediante su tránsito por las distintas plataformas virtuales y redes sociales?

      Desde luego que todo lo anterior no logra acercarse ni un centímetro a ser medido mediante una calificación numérica en escuelas o completamente aprobatoria en los procesos y dinámicas familiares; sin embargo, todas ellas se entrelazan, sí o sí, con un proceso formativo y educativo, por lo que resultaría imposible pensar que la educación prescinda de ellas.

      Por su parte, "La Secretaría de Educación Pública (SEP) implementa la estrategia "El ABC de las Emociones", la cual destina una hora semanal dentro del horario escolar para atender la salud mental y el bienestar socioemocional de más de 7 millones de estudiantes (IA)"

      De entrada se debe reconocer que se toman acciones para intentar incidir en la problemática de por sí ya grave, sin embargo, considero insuficiente la medida, puesto que los valores y emociones no se enseñan, se practican, construyen y fomentan no solo en una hora semanal sino todos los días en escuelas, hogares y redes sociales.

      Comentarios: gibarra@uaslp.mx