La escasez de ciudadanos
Mientras en algunos países los niños de cinco años pueden caminar solos a la escuela, en México esa escena es impensable. Una amiga me contó que su nieto vive en Zúrich y todos los días camina solo a la escuela; son quince o veinte minutos que con su mochila cruza calles, sigue la ruta que le enseñó su madre y llega sin problema. Para sus padres esto no es una temeridad, es lo normal.
En Suiza, como en Japón, en países nórdicos e incluso en europeos, miles de niños hacen trayectos similares desde muy pequeños. Las reglas de convivencia funcionan porque existe una cultura cívica arraigada y una confianza básica en que los demás respetarán las normas.
Esto no es una idealización romántica, la ciencia social ha medido estas diferencias. En 2019, un experimento publicado en la revista “Science” dejó más de 17 mil carteras “perdidas” en 40 países para observar cuántas personas intentarían devolverlas a su dueño; cada cartera tenía tarjeta de contacto y, en algunos casos, dinero en efectivo. Los resultados sorprendieron incluso a los investigadores. En la mayoría de los países, la presencia de dinero aumentaba la probabilidad de devolución, es decir, las personas preferían actuar honestamente antes que quedarse con algo que no les pertenecía.
México apareció en el estudio y fue una de las excepciones junto con Perú, ya que fueron de los pocos países donde la presencia de dinero reducía la probabilidad de devolver la cartera. Puede parecer un dato anecdótico, pero refleja que la fortaleza o la debilidad de las normas cívicas son las que sostienen la convivencia.
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Durante años hemos discutido la violencia en México como un problema de estrategia de seguridad, de policías insuficientes, de fiscalías inútiles o de leyes mal diseñadas. Todo eso importa, pero hay una dimensión menos visible que rara vez aparece en la conversación pública: la ciudadanía.
Las instituciones no funcionan en el vacío, funcionan cuando están sostenidas por una cultura social que respeta reglas básicas de convivencia. El politólogo Robert Putnam llamó a esto “capital social”; eso significa cooperación y responsabilidad compartida, que permiten que las sociedades funcionen sin necesidad de vigilancia constante.
Cuando ese capital existe, las reglas se cumplen incluso cuando nadie está mirando; cuando se erosiona, ocurre lo contrario. En México abundan escenas que revelan esa fractura cotidiana; automovilistas que invaden el carril de emergencia para avanzar unos metros más; personas que se cuelan en las filas; basura arrojada en la calle; pequeñas trampas justificadas con la frase: “el que no transa no avanza”.
También vemos algo más inquietante: jóvenes que presumen saberse de memoria narcocorridos que glorifican a criminales, celebrando la violencia como forma de éxito. Todos son gestos cotidianos, que en conjunto revelan una cultura donde la transgresión no se condena, e incluso a veces se admira.
Cada vez que estalla una nueva ola de violencia exigimos más fuerza del Estado, más policías, más militares, más operativos. Sin embargo, hay una pregunta que rara vez nos hacemos, ¿qué ocurre cuando una sociedad tiene pocos ciudadanos?
El Estado de derecho no se sostiene sólo con instituciones, depende de ciudadanos que crean en las reglas y que entiendan que la convivencia es un pacto colectivo. Cuando esa base es débil, la violencia encuentra terreno fértil; el crimen se normaliza, la corrupción se vuelve tolerable y la ley deja de ser un acuerdo social para convertirse en una sugerencia.
La diferencia entre un país donde un niño puede caminar solo a la escuela y otro donde eso sería impensable no se explica sólo por el número de policías. Se explica, sobre todo, por la presencia —o la ausencia— de ciudadanos.
(Presidenta de Causa en Común)
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