Triste realidad
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Aunque era ya de noche caímos con la cara al sol. El Ángel quedó desangelado, y a la exaltación siguió, como siempre, la lamentación. Por más que el futbol es historieta -quiero decir pequeña historia-, es dable en ocasiones aplicarle las enseñanzas de la gran Historia. Haré una audaz comparación. La victoria de los Estados Unidos sobre Japón en la Segunda Guerra se ganó, claro, en las grandes batallas navales del Pacífico, y en los cruentos combates por las islas niponas; pero se forjó sobre todo en suelo americano. El espíritu samurai de sacrificio y muerte de los nipones hubo de ceder ante el inmenso poderío industrial de los norteamericanos. Mientras el Imperio del Sol Naciente fabricaba mil aviones, la democracia americana producía 50 mil. Y lo mismo en tratándose de barcos, submarinos, tanques de guerra y demás armas de guerra. El gran almirante Yamamoto, artífice del ataque a Pearl Harbor, conocía Estados Unidos, y advirtió que Japón sólo podría hacer una guerra corta a su adversario: al final sucumbiría por el aplastante peso de las matemáticas. Si me es permitido un desproporcionado símil, lo mismo sucedió con el equipo mexicano en esta Copa del Mundo. Nos alegraron las victorias conseguidas en los primeros días, pero cualquier analista desapasionado habría previsto que 200 millones de dólares no pueden contra mil 500. Tal es, a grosso modo, el valor respectivo de las escuadras mexicana e inglesa. Así las cosas, muy bien puede decirse que con poco se hizo mucho, como en la batalla de Inglaterra. Y eso es de reconocerse. El equipo nacional ganó a la buena sus primeros juegos, y a la buena perdió el último. Me temo, sin embargo, que a México esta Copa dejó menos beneficios que perjuicios. Será recordada aquí principalmente, pienso, por tres cosas. La primera, la participación de Gilberto Mora, ese joven prodigio del futbol. La segunda, el vergonzoso y vergonzante episodio de los relojes obsequiados por un pelafustán gringo a los futbolistas mexicanos. La tercera, las desdichadas muertes causadas por las celebraciones. Luego de la eliminación del equipo mexicano volvemos de una realidad triste a otra más triste todavía: la realidad nacional. Vayamos a otra cosa... Comentó Babalucas: "En el círculo de lectura al que pertenezco estamos leyendo una obra de Shakespeare". Alguien le preguntó: "¿Cuál?". Respondió Babalucas: "William". (Otro chiste como éste, y una columna más como las que escribí sobre futbol, y mis cuatro lectores quedarán en cero)... Don Cucoldo sufrió en el trabajo una súbita cefalalgia, modo pedante de decir "jaqueca", y se fue a su casa antes de la hora de salida. Al llegar se encontró en la alcoba con un espectáculo indeseado: su esposa Facilisa estaba en inmoral consorcio adulterino con un sujeto que al parecer la conocía bien, pues la llamaba con un término diminutivo: "mamacita", y con un vocablo aumentativo: "cochototas". Al ver a su mujer en semejante trance don Cucoldo prorrumpió en dicterios contra la pecatriz; "¡Furcia! ¡Pendona! ¡Zorra! ¡Maturranga! ¡Hetaira! ¡Cortesana! ¡Meretriz!". "Ay, Cucú -le dijo ella en tono lamentoso-. Tienes un mal día en la oficina y vienes a desquitarte conmigo"... Jactancio declaró en rueda de amigos: "A mí ninguna mujer me ha hecho pendejo". Opuso uno: "Yo sé de una que sí te hizo". "¿Quién?" -se encrespó Jactancio. Respondió el otro: "Tu mamá"... El labioso galán se dirigió a la preciosa chica: "Soy científico. ¿No te interesaría donar tu cuerpo a la ciencia, digamos por una hora?". La tía de Pepito le dijo: "El suéter que te regalé es de lana virgen". Preguntó Pepito: "¿La de las ovejas que corren más aprisa?". FIN.
Truena el trueno, y las nubes bajan a decir que está tronando.
El cielo se ha puesto gris, como la mayoría de las vidas, y la lluvia vendrá sin avisar, como la mayoría de las muertes.
Estoy en mi estudio, y miro el jardín de la casa por el ventanal. El arbolito que nació sin que nos diéramos cuenta parece tener miedo de la tormenta que se acerca. No conozco el lenguaje de los árboles. Si lo conociera le diría que no tema. Las tormentas que aquí llegan no son tan tormentosas. Se vuelven viento manso, y se van luego sin hacer daño a nadie.
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El nogal grande agita sus hojas, y se estremecen las del jazmín de Arabia, esa planta con nombre de las Mil y Una Noches que trepa por el muro. Yo no me agito ya, ni me estremezco. Muchas tormentas he visto antes, y sé que todavía alcanzaré a mirar otras.
Temer a la tormenta es lo mismo que temer a la vida. No le temo.
¡Hasta mañana!...
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