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No es el calor

Por Marta Ocaña

Abril 29, 2026 03:00 a.m.

A

Envueltos en esta ola de calor, algunos mareados de sol y altas temperaturas, todavía aspiramos a descifrar este nuevo mundo que ha surgido casi de repente, aunque lo cierto, es que se veía venir hace ya un par de mandatos presidenciales. Uno que repetidamente oímos nombrar como “nuevo orden mundial” y que solo es congruente con lo de llamarse mundial porque el orden aún no se percibe.

Las señales empezaron hace décadas, cuando una nueva ola de contracultura empezó a imponerse -no puedo decir que sutilmente porque no lo sé-, es te movimiento cuya interpretación entre muchas otras, se define como

“un movimiento social y cultural que rechaza activamente los valores, normas y estilos de vida dominantes de una sociedad, proponiendo alternativas opuesta… desafía el orden establecido a través del arte, la moda y la política. Ejemplos clave incluyen el movimiento hippie, el punk y el ecologismo. 

Tuvimos las primeras señales cuando la música de ciertos espacios se coló en el gusto de otros espacios sociales y culturales y la globalización potenció el fenómeno. Ciertos ritmos ya no eran exclusivos de estaciones de radio de amplitud modulada, sino que pasaron a ser repertorio de la FM. Lo mismo pasó con la moda, los Keychain cómicos, los stand up, y otros ejemplos que con seguridad vienen a la mente mientras leen estos párrafos.

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La democracia “avanzaba” en esos años y la composición social y económica de este país, fue desdibujando algunas barreras culturales y de pronto las clases medias, altas y otras debajo de estos parámetros, compartieron gustos y afinidades:  com ejemplo están los conciertos de banda, cumbiancheros y otros similares que conquistaron los gustos de gran parte de una población que hasta entonces no reparaba en tales estilos musicales. 

El caso de la música siguió su camino evolucionando de Camelia la texana hasta los narcos corridos que encuentran sus orígenes en temas como este aquí mencionado, Juan Charrasqueado, Martina, que sentíamos, eran inofensivos por pertenecer a una realidad lejana e imaginaria para muchos de los mexicanos del Siglo XX.

Todo cambió cuando los carteles empezaron a tomar el protagonismo en la vida de nuestras sociedades; dejaron de ser un imaginario telenovelezco para convertirse en un ideal de vida para muchos jóvenes que, al no encontrar un lugar en el mundo laboral y social, encontraron en las filas de estos grupos, la ilusión de ser “alguien” o de comprar zapatos o vestir como los personajes de los videos de tales melodías que no paraban de sonar en todas las estaciones, hasta que el horror y la censura hicieron su trabajo y fueron condenados al silencio bajo amenaza de ley. Siendo aquello calificado de apología de la violencia a reserva de levantar de la tumba a José Alfredo, el Charro Avita y otros cantautores del siglo pasado que solo reseñaban un México bronco, pero hasta cierto punto lejano e inofensivo.

En este casi mayo que casi inicia, globalmente estamos atarantados acompasados de reguetón o samba. No importa el ritmo porque este solo es un acompañante y un símbolo de la época. Lo importante es la fuente de inspiración: esa que ahora intentamos, describir y lejos estamos de descifrar, si ni siquiera sabemos en qué consiste.

No es producto del calor o del fenómeno del Niño que al parecer está de vuelta. Es que el mundo y su sociedad hemos dado una vuelta que nos ha dejado de cabeza y sin ella y al parecer tardaremos en entender qué pasa si añadimos un sistema de información que insiste en desinformarnos y cuyo objetivo es confundirnos.

Suerte nos de la vida y a sacar los shorts y las patas de gallo hasta que el clima decida otra cosa.