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Instituto de Ideología

Por Jesús Silva Herzog Márquez

Julio 20, 2026 03:00 a.m.

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      Una democracia necesita organizar separaciones. Frente al autoritarismo que lo funde todo en un núcleo de poder, la democracia liberal se empeña en separar a las entidades que lo ejercen. Si unos hacen la ley, otros deben administrar y otros juzgar. Si unos tienen el permiso de crear el derecho, son otros quienes se dedican a explorar las ciencias. Si el Estado puede imponer castigos, no decreta la verdad ni controla la memoria. Son esas separaciones las que abren espacio al pluralismo. La ley, la verdad, la belleza, el recuerdo, la ciencia tienen su espacio. Al gobierno no le toca prescribir el arte valioso, decretar la verdad científica o imponer un relato oficial. 

      El autoritarismo morenista ha sido una apuesta por la fusión. Esa ha sido el principio esencial del morenismo en el poder. Vaciar todos los poderes en la cubeta del ejecutivo. Disolver las fronteras entre lo partidista y lo estatal. Eliminar los contrapesos para que la voluntad se imponga sin resistencia. Destruir todas las cápsulas de autonomía técnica. Hacer de los medios públicos, altavoces de propaganda. Llenar la diplomacia de cuadros políticos. Hacer de la cancillería otro instrumento de polarizaciones internas. Convertir al ejército en aliado de partido.  Terminar con la carrera judicial y someter a los jueces a la lógica de la representación mayoritaria. Todo corresponde a la misma idea: terminar con las separaciones que forman el esqueleto del pluralismo democrático. 

      No hay recato en el proyecto fusionante que Claudia Sheinbaum ha continuado decididamente. Hace un par de meses celebró la victoria de su partido con un gran festejo en el Monumento a la Revolución. Se entiende que el partido victorioso conmemore el aniversario. Pero que la Jefa del Estado mexicano lo celebre es otra prueba} de la confusión de órbitas. Más grave es que los jueces del máximo tribunal y los más altos cuadros del ejército acudan a ese acto de partido para poner en evidencia la demolición de los bordes constitucionales. Vale la pena asomarse a los noticieros de la televisión gubernamental. El cuento oficial se trasmite como si no hubiera en el país opiniones disonantes. La voz presidencial ocupa prácticamente todo el espacio noticioso como si representara la única o la última palabra. Y si los discrepantes aparecen, es solamente para ser ridiculizados en la pantalla. El patrimonio público empleado para el escarnio de los críticos. La televisión pública no es pública. No es siquiera gubernamental. Es el instrumento de divulgación de un partido.

      Recientemente se anunció formalmente la creación de un instituto de ideología dentro de la nueva Secretaría de Ciencia. El instituto de estudios de las revoluciones de México convertirá la etiqueta del "Humanismo mexicano" en tema de reflexión académica. Un lema vacío que puede servirle a un partido se transforma en material de estudio a cargo del erario. La ocurrencia con la que López Obrador pretendió empaquetar su fraseología se convierte, en el gobierno de Sheinbaum, en disciplina científica, en programa de estudio, en la doctrina oficial que nos pondrá a salvo de los odios del mundo. La fórmula del "Humanismo mexicano" no hace alusión a un cuerpo distinguible de ideas, a una tradición intelectual, a una vertiente política. Se trata de un guisado moralista que no profundiza más allá de la proclamación de las virtudes, que se alimenta de la idealización de fragmentos del pasado y de una estrategia de olvidos y satanizaciones. Si esa ñoñería es en extremo vaga como discurso político resulta risible que se le pretenda estudiar como si tuviera la riqueza de una escuela política seria como lo es, digamos, el marxismo. Pero un órgano del gobierno mexicano se dedicará a descifrar los discursos del fundador. Gracias a la presidenta Sheinbaum, habrá una maestría en lopezobradorismo. Se le llamará, por supuesto, Maestría en Humanismo mexicano. La primera secretaria de ciencias del gobierno federal celebra el reconocimiento de esa rica y compleja filosofía en disciplina universitaria. Está convencida de que los futuros maestros en Humanismo Mexicano serán una barrera moral contra el clasismo y el racismo.

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      Toda autocracia termina en el ridículo. La nuestra pretende convertir en ciencia su ideología y enaltecer su demagogia como si fuera alta filosofía.