Especial | La esquina que florece: Leonardo Galicia "El Rosas"
Desde hace 37 años tiene su puesto de flores en pleno Centro Histórico
Galeria
En la avenida Universidad de la capital potosina, justo al costado de la tienda de chocolates Costanzo, hay una pequeña mesita con flores. Sobre ella descansa una cubeta llena de gardenias de aroma intenso y un carrito blanco con rosas esperando a ser arregladas. Allí, entre el ruido de los autos que pasan y el murmullo de los transeúntes, se encuentra Leonardo Galicia Ortiz, conocido como "El Rosas".
Treinta y siete años vendiendo flores lo han hecho dueño de ese espacio. Cada pétalo, cada ramo y cada gesto forman parte de una rutina que para él es su manera de habitar la ciudad: con memoria, paciencia y resistencia.
De plaza en plaza
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Comenzó su camino en la plaza del Carmen, cuando tenía 29 años. Apenas un año después, un gobierno municipal decidió hacer una "limpia" de comerciantes: "No dejaron a ningún vendedor: ni de aguas, ni elotes, ni dulces... nada", recuerda, con la incredulidad de quien no entendía por qué querían borrar la esencia del comercio ambulante.
Tras aquella primera expulsión, llegó a avenida Universidad. Las dificultades continuaron, pero poco a poco se hizo dueño de su esquina. "Sí, sí tuve algún problemilla para quedarme, pero les gané a esos del municipio; yo conozco más aquí que ellos", dice, mientras el sol ilumina su mesita de flores como un escenario propio.
Aprendiendo el oficio
Su inclinación por las flores no fue casualidad. De joven trabajó en florerías del mercado Hidalgo y del mercado República, donde aprendió a arreglar, pelar y combinar cada tallo.
"Yo creo que de chavillo duré como dos años ahí. Luego me descansaban porque, en lugar de trabajar, me la iba a cotorrear; a veces llegaba tarde y me regañaban. Me decían: ´vete a descansar toda la semana, para que se te quite´", comparte entre risas. Pero incluso en días festivos, cuando llegaba tarde, lo dejaban trabajar, y así aprendió a improvisar.
"Ahí uno desbarata una que otra cosa porque no es fácil... la creatividad también debe salir de uno", dice. "Había patrones que traían a floristas de la Ciudad de México para enseñarnos arreglos, y yo los observaba y aprendía. Era bonito", recuerda.
Manos que ayudan
Aunque trabaja casi siempre solo, en días de alta demanda recurre a su familia: "Me traigo a una hija o a mis nietos porque hay más chamba; uno despacha a un cliente, luego viene otro, y así somos tres o cuatro ayudando", explica, recordando también a sus amigos que le echan una mano.
Hace poco más de un año, la muerte de su esposa casi lo detuvo. "Sí me agüité un poquito... fallé como ocho veces, pero salteadas, no seguidas", recuerda con voz temblorosa. "Mis hijos me decían: ´Oye, si te sientes mal, no vayas´, pero yo dije: mientras pueda caminar y moverme, voy a seguir, hasta que me muera."
Sus flores se convirtieron en un acto de memoria: "A mi esposa no le gustaban las flores en vida, ahora se amuela porque en su tumba nunca van a faltar", dice mientras observa con una sonrisa el montón de rosas encima del cofre de su carro.
Rostros que florecen
El señor Leonardo no solo vende flores; ha tejido relaciones con su clientela. Diputados, vecinos, barrenderos, transeúntes habituales: todos lo reconocen y saludan.
"Aquí uno ya es conocido. Me saludan de mano, me preguntan precios, me vacilan y yo también los vacilo. No importa si compran o no, yo siempre los saludo", explica. La constancia le dio confianza y amistades.
Él es un testigo de la ciudad. Sus clientes compran flores, pero también historias. Algunos le preguntan por la familia, otros por la rutina diaria. La esquina que ocupa se ha vuelto un punto de referencia para quienes pasan todos los días por ahí.
Flores que resisten la ciudad
Desde sus inicios, el comercio ambulante ha cambiado. De apenas dos o tres vendedores en la plaza del Carmen, ahora hay quince o veinte.
"Ya no nos desaparecen, al contrario, hay más competencia", dice. "Pero yo, llueva o truene, aquí estoy. La gente ya me ubica; saben a qué hora llegué y a qué hora me voy."
El señor Leonardo ha aprendido a adaptarse: a los días buenos y malos, a la rutina diaria y a la imprevisibilidad de la ciudad. Cada ramo arreglado, cada gardenia vendida y cada saludo se convierte en un testimonio de constancia y humanidad.
"Cuando el semáforo está en rojo hay quienes me gritan para saludarme, y si está en verde, nada más se escucha el pitido avisando que me vieron. Desde que empecé con esto de las flores, me gustó esta sensación", comparte.
Una vida entre pétalos
A lo largo de este tiempo, Leonardo Galicia Ortiz ha construido una vida que va más allá de la venta de flores. Sus manos llevan recuerdos, su mirada conoce la ciudad y su tenacidad lo ha hecho un referente.
"Aquí voy a seguir hasta que Dios me dé chance... y si algún día quieren venir a verme, aunque sea de pasadita, aquí nos seguimos viendo", afirma. Cada día, cada cliente, cada ramo es un recordatorio de que el esfuerzo, la memoria y la pasión por lo que uno hace pueden florecer, incluso en la rutina más sencilla.
Entre gardenias, rosas, rocíos de agua y clientes que lo saludan con una sonrisa, "El Rosas" ha transformado un oficio tradicional en un legado vivo. Sus flores no solo florecen en manos de quienes las compran; florecen en las calles de San Luis Potosí, donde él ha hecho historia, dejando constancia de que la vida se puede vivir... un ramo a la vez.
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