El Juicio de Berlín
Siguiendo el ejemplo de Steven Spurrier, de quien conversábamos hace dos semanas, el productor chileno Eduardo Chadwick celebró en Berlín una cata a ciegas para comparar algunos de los mejores vinos del Viejo Mundo con sus estrellas andinas. Aquel 23 de enero de 2004, una treintena de europeos ligados al vino profesionalmente --alemanes, británicos, suizos, austriacos, daneses y rusos; ningún francés quiso correr con la suerte de Spurrier unas décadas antes-- se reunieron para calificar los Errázuriz premium de Maipo y Aconcagua (Don Maximiano 2001, Chadwick 2000 y 2001 y Seña 2000 y 2001) junto a algunas leyendas francesas e italianas (Lafite 2000, Latour 2000 y 2001, Margaux 2000 y 2001; Tignanello, Sassicaia, Solaia y Guado al Tasso 2000).
Chadwick 2000 y Seña 2001 ocuparon los dos primeros lugares, seguidos de Lafite 2000. Los jueces luego empataron Seña 2000 con el Margaux 2001 en cuarto lugar; Chadwick 2001, Latour y Margaux, ambos 2000 -una cosecha histórica para Burdeos-, compartieron el sexto. Desde entonces, esta cata ha tenido al menos diez réplicas alrededor del mundo, con resultados que denotan cierta regularidad: en el podio se alternan Chadwick y Seña con Margaux, Latour y Lafite. Los bordeleses no han soltado el primer lugar cuando se han destapado las añadas 2000 o 2005, sin embargo, la competición siempre ha sido ceñida.
Es justo decir que los ejercicios que hemos relatado aquí carecen de cualquier validez científica, son experimentos que modificarían sus resultados cuantas veces se repitieran; recordemos que no hay dos botellas iguales, aunque las sustrajéramos de la misma caja original de la bodega y las descorchásemos el mismo día. Hay un factor aún más significativo: la valoración humana, en especial la basada en los sentidos del olfato y del gusto, es altamente subjetiva. Entonces ¿qué reflexiones podemos hacer a partir de estos sucesos mediáticos?
Como cualquier arte, la vinicultura tiene sus arquetipos. La estética clásica influye las obras que nacen bajo su sombra. En este caso, los grandes vinos de Burdeos y Borgoña constituyen el modelo a seguir. Aunque es difícil saber cuál caldo es de dónde sin otra referencia que nuestra memoria olfativa y gustativa, las diferencias más significativas entre grandes vinos como los que participaron en estos certámenes radican en su personalidad, en los rasgos únicos que son particulares de un terruño especial (clima, tierra, factor humano) y que pueden apreciarse una vez que la presión de solventar el enigma ha terminado para el catador ciego. Esto quiere decir que, afortunadamente, un vino chileno nunca tendrá la misma personalidad que uno francés o que uno australiano, aunque haya quienes padecen de la obsesión por conseguirlo.
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Seña es un gran vino, a la altura de Clos Apalta y de otras joyas de sus vecinos argentinos, que hoy compiten con lo mejor de Italia, de Estados Unidos, de España. Si bien la distancia cualitativa que los separa de un Premier Cru francés, por ejemplo, ha disminuido enormidades, coincido con mis entrañables combibeles que ese trecho aún existe. Por otro lado, es un triunfo magnífico para la gente de Errázuriz en particular y para Chile y Sudamérica en general que sus vinos compartan con éxito las mesas antes reservadas sólo para los clásicos. Según su intención original, estos “juicios” han tenido excelentes resultados, pues han funcionado como una exitosa estrategia publicitaria.
Hoy en día no puede conseguirse un Margaux 2000 de 100 puntos Parker y 100 puntos Wine Spectator por menos de un millar de dólares y los vinos de Chadwick, excepto el Viñedo Chadwick, alcanzan como máximo una cuarta parte de ese monto. Hacia el futuro, los latinoamericanos tienen, aparte de ciertas ventajas climáticas y geográficas, la gran prerrogativa del precio.
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