In-D: Bad Bunny, "desfunado"

Mi estimado lector. No es mi intención emplear estas líneas para opinar si estuvo bien o estuvo mal el medio tiempo del Super Bowl LX con Bad Bunny. Tampoco es para decir si tiene talento o no. El propósito de esta columna es preguntar con seriedad lo que, de pronto, parece evidente: ¿cuándo fue la última vez que un artista logró que quienes lo odiaban pasaran a respetarlo, admirarlo o incluso quererlo? Y más aún: que ese cambio fuera tan masivo.
El pasado domingo, Benito encabezó el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, en español, sin traducciones ni concesiones, ante una audiencia que superó fácilmente los cien millones de espectadores solo en Estados Unidos, con cifras récord de visualización global en redes y plataformas digitales en las primeras 24 horas posteriores al evento. Fue un espectáculo visto por más gente que la mayoría de los conciertos en la historia de la música, con un impacto cultural difícil de subestimar.
Ahí, en ese escenario que tradicionalmente ha coronado a gigantes del pop anglosajón, Bad Bunny no solo rompió audiencias: impuso una narrativa distinta. No solo por cantar en español o por ser uno de los pocos latinos en liderar ese espectáculo en solitario. Sino porque gran parte de la misma audiencia, hace no tanto escéptica o indiferente, ahora aplaudía su presencia con genuino entusiasmo.
Y esto no nació de la nada. Antes del medio tiempo, Bad Bunny ya había tejido una hoja de ruta que exigía respeto incluso de quienes no compartían sus gustos: Grammy a Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos, el primer álbum completamente en español en ganar esa categoría en la historia de los premios más importantes de la industria. Ser el artista más transmitido globalmente en Spotify en 2025 (la cuarta vez que logra ese título, tras 2020, 2021 y 2022). Más de 100 entradas en el Billboard Hot 100, récord para un artista que graba mayoritariamente en español.
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Pero esos son solamente números, estadísticas frías y vacías. Lo interesante es que detrás de ellos hay un fenómeno social: Benito pasó de ser una figura polarizadora (con críticos que, hace unos años, lo veían con cierto desagrado) a convertirse en un símbolo innegable del impacto latino en la cultura pop global. Esa misma mayoría que lo reducía a estereotipos hoy aplaude su presencia en un escenario que parecía reservado a ciertos nombres y ciertos estilos.
Contrastemos este caso con otros fenómenos de fama al revés: hay legiones de artistas que arrancan amados por el público, encumbrados por la crítica y la nostalgia colectiva, para después caer de la gracia popular. Adam Levine, vocalista de Maroon 5, lo sabe bien: de ícono pop mainstream a objeto de memes y críticas casi virales. El público, en muchos casos se encarga de hacer rodar la cabeza de personajes que solían ser bien recibidos por la opinión pública.
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Pero Bad Bunny no recorrió ese camino inverso de caída. Lo que ocurrió con él fue un ascenso de percepción tan amplio que pocos artistas en la historia reciente pueden presumirlo: de tonos de rechazo, cuando muchos no lo tomaban en serio, a un consenso generalizado de respeto y simpatía, incluso entre audiencias que originalmente no eran su base. Que un artista logre un rebranding tan masivo de su figura pública no es trivial: es culturalmente profundo. Va más allá de moda o tendencia; trasciende al público que lo veía con desdén y lo convierte, como mínimo, en un actor respetado del mainstream.
Es lo que muchos llaman momento histórico: no es que ahora a todos les encante su música en la misma medida, sino que ahora pueden digerirla, valorarla y hasta celebrarla sin ironías ni reservas.
Y en ese giro hay una lección que debería importarnos: es de sabios cambiar de opinión. La inteligencia colectiva no está en mantener posiciones estáticas, sino en reconocer, con honestidad emocional y estética, cuando algo (o alguien) se ha ganado su lugar. No es pecado querer a Bad Bunny. No es necedad aceptar que, con cifras, hechos y presencia cultural, logró algo que pocos artistas han podido: transformar el juicio colectivo hacia una apreciación positiva y genuina. Y eso, más que cualquier récord, podría ser su mayor logro.
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