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No basta sembrar

Por Luis González Lozano

Julio 11, 2026 03:00 a.m.

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      Este año el Día del Árbol en México se conmemoró el 9 de julio de 2026. Lo digo con especial cariño porque, además, ese día cumplí 52 años. Y quizá por eso la fecha me provocó una reflexión distinta.

      Cumplir años tiene algo de árbol. Uno va formando anillos invisibles por dentro: experiencias, pérdidas, alegrías, heridas, aprendizajes, luchas, afectos, errores, resistencias. Nadie los ve a simple vista, pero ahí están. Como en los árboles, la vida se va escribiendo hacia adentro antes de mostrarse hacia afuera.

      Un árbol no crece de golpe. No se vuelve fuerte por decreto. No da sombra al día siguiente de ser plantado. Necesita tierra, agua, luz, tiempo, cuidado, paciencia y, sobre todo, permanencia.

      Tal vez por eso el Día del Árbol no debería ser una fecha más del calendario ambiental. No debería reducirse a una fotografía con pala, tierra húmeda y funcionarios sonrientes. No debería servir para llenar redes sociales de frases verdes y promesas que se secan más rápido que muchos árboles recién sembrados.

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      El Día del Árbol debería incomodarnos un poco porque nos obliga a preguntarnos no cuántos árboles sembramos, sino cuántos sobreviven. No cuántas ceremonias hicimos, sino cuántos ejemplares cuidamos. No cuántas campañas anunciamos, sino cuánta sombra real estamos construyendo para las próximas generaciones. Sembrar un árbol es importante, claro que sí. Pero sembrarlo y abandonarlo no es ecología: es escenografía.

      Durante años hemos visto gobiernos, empresas, escuelas, asociaciones y ciudadanos participar en jornadas de reforestación. Muchas nacen de buena fe. Algunas son genuinas. Otras, hay que decirlo, parecen más diseñadas para la foto que para el futuro. Se convoca, se cava, se planta, se publica, se presume y luego se olvida.

      El árbol se queda solo. Solo frente al sol. Solo frente a la sequía. Solo frente a la falta de riego. Solo frente al vandalismo. Solo frente a la banqueta rota. Solo frente a la poda brutal. Solo frente al automóvil que lo golpea. Solo frente al funcionario que ya cumplió su evento y al ciudadano que ya cumplió su buena acción del día. Y entonces pasa lo inevitable: muchos mueren.

      Por eso, este año, más que celebrar el Día del Árbol, deberíamos revisarnos como sociedad. ¿De verdad entendemos lo que significa un árbol? ¿Lo vemos como un ser vivo o como un adorno urbano? ¿Como infraestructura ecológica o como obstáculo? ¿Como patrimonio común o como basura vegetal cuando tira hojas? ¿Como aliado contra el calor o como molestia cuando levanta una banqueta?

      Un árbol no es un adorno. Es aire, agua, sombra, suelo, biodiversidad, temperatura, salud, memoria y paisaje. Es refugio para aves. Es barrera contra el viento. Es captador de contaminantes. Es regulador térmico. Es infiltración de agua. Es vida silenciosa trabajando todos los días sin pedir aplausos.

      La sombra también es desigual. No todas las personas viven cerca de parques. No todas las niñas y niños juegan bajo árboles. No todas las personas mayores pueden caminar por calles frescas. No todas las colonias cuentan con arbolado suficiente para mitigar el calor. La ciudad también se divide entre quienes respiran verde y quienes sobreviven entre concreto.

      En México, el Día del Árbol tiene un sentido profundamente cultural. Nuestros árboles no son simples especies botánicas. La ceiba o yaxché, el ahuehuete, el oyamel, el copal, el guaje y tantos otros forman parte de nuestra memoria natural y espiritual. Para muchas culturas originarias, los árboles han sido símbolos de vida, conexión, sabiduría, alimento, medicina, refugio y territorio.

      Y en San Luis Potosí tenemos mucho que mirar. Árboles viejos que han sido testigos de barrios enteros. Árboles que vieron crecer generaciones. Árboles que dan identidad a una calle. Árboles que sostienen la memoria de una plaza. Árboles que nadie ha declarado patrimoniales, pero que ya lo son en la vida cotidiana de quienes los aman, los nombran y los defienden.

      Este 9 de julio, mientras pensaba en mis 52 años, también pensé que un árbol de esa edad apenas empieza a tener la madurez suficiente para contar algo. A los 52 años, un árbol puede haber sobrevivido sequías, tormentas, podas, cambios de banqueta, administraciones públicas, negligencias privadas y temporadas difíciles. Puede haber dado sombra a personas que ya no están. Puede haber visto pasar niños que hoy son adultos. Puede haber sido parte silenciosa de una ciudad que rara vez le dio las gracias.

      Por eso la invitación de este Día del Árbol no debería ser únicamente a sembrar. Debería ser a adoptar. A cuidar. A volvernos responsables de un árbol cercano. El de nuestra banqueta, el de la escuela, el del parque, el de la oficina, el de la colonia, el de la plaza. 

      Delirium Tremens.- Sembrar árboles para la foto y abandonarlos después es como prometer amor eterno en campaña: se oye bonito, se publica bien y se seca rápido.

      La verdadera política verde empieza cuando alguien vuelve al día siguiente con agua.

       @luisglozano